SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR MIND DO THE TALKING

30/1/15

MUSIC: Bello, feo, verdad y mentira. El Black Messiah de D'Angelo & the Vanguard es todo

Black Messiah (2014), D'Angelo & the Vanguard, lanzado el 15 de diciembre de 2014 bajo el fuego negro cruzado. Via NY Daily News
Todo el mundo debe, repito: DEBE escuchar Black Messiah (2014) de D’Angelo and the Vanguard, el nuevo álbum de la recién resucitada promesa de aquello que algunos, allá por el cambio de milenio, muy malamente bautizaron como neo soul. Inmediatamente después de acabar con el último tema, moriréis de una erección mental caballuna del tamaño del Empire State, pero tranquilos, será largo e indoloro. Aunque ya no os daréis cuenta (porque estaréis muertos, lo prometo), habrá merecido la pena.

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“Es un proyecto de pasión, y lo es todo. No pretendo lanzar afirmaciones hiperbólicas o grandilocuentes, pero lo es todo. Es bello, es feo, es verdad y es mentiras. Es todo”, dijo Questlove en la listening party que tuvo lugar, sin que casi nadie se enterara, en un hotel de Manhattan a mediados del mes pasado. El polifacético frontman de The Roots no se podía creer que estuviera a punto de dar al play, por primera vez en 14 años, a lo nuevo del maldito jefazo del soul contemporáneo D’Angelo.

Es un proyecto de pasión, y también un proyecto de producción microscópica. El primer tema con el que me topo por YouTube es Sugah Daddy, probablemente los cinco minutos más representativos de su escrupulosidad. Y el mundo ya nunca fue igual. Una cabeza no puede procesar tanta información en tan poco tiempo, y eso que entra suave, sin intimidar; palmas, un bum-bum bum-bum-bum y un piano brooklynita de raza, que te atraviesa el pecho como un rayo de sol. Intentando descifrar la letra, se aprecia que funciona exactamente igual que su rítmica, como un proverbio africano, de argumento inverosímil y moraleja reveladora; mientras se escucha no se entiende nada, una amalgama de frases de estética brillante. Para cuando se ha llegado al final, sin embargo, la lógica de cada palabra ha cobrado un nivel de perfección astral. "I hit it so I made the pussy fart/ She said it's talkin' to ya, talkin' to ya daddy!" Gente como Mezz Mezzrow podría sacar una tesis doctoral de ese único verso.

Sugah Daddy es, en muchos sentidos, como el Black Satin de Miles Davis. Es igual de negrata pero en peor, porque el Black Satin, con su cara de perro mutante rabioso de la galaxia funky, al menos tiene la decencia de no incitar a la proximidad; sólo un auténtico kamikaze o Frank de la Jungla se acercaría a acariciarlo. En cambio Sugah Daddy es como el olor a pan recién hecho; te arrastra hasta el horno emisor con su calor, su luz y su ingravidez. Las ondulaciones jazzeras de su aroma se cuelan por las fosas auriculares del oyente y lo convierten en un muerto de hambre que traga barras de groove sin masticar. Te despiertas al rato del trance y te das cuenta de que estás engullendo baguettes sin saber muy bien por qué. Como dice Questlove, el proceso de elaboración del Black Messiah ha sido, como mínimo, enfermizamente meticuloso. Pero el motivo que te hará sucumbir ante él, querido oyente, es algo tan aleatorio que escapa a los límites de la comprensión humana. El Black Messiah se creó como la ciencia y se utilizará como la magia. La receta del pan está en los libros de cocina, pero la fascinación que produce su olor es absolutamente inescrutable.

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Luego está el single, Really Love, que debe de ser lo más flojo de la colección, como suele pasar, y muy mal elegido (también suele pasar), aunque por muy buenos motivos (estribillo tontuno exento de ecos políticos, voz marvingayeana elevada a la sexyésima potencia... Se lo quitan de las manos, oiga). Heredera sofisticada pero inexcusable del 7 Days de Craig David (véase la guitarra """flamenca""" made in Hollywood) y, en esto sí, en sintonía con el resto del álbum, revive EL SONIDO de principios de milenio; R&B de laboratorio, born to be liked, suavecito, negrito e inofensivito, cosa que parece una contradicción en sí cuando es, en realidad, la fórmula secreta del califato neo soul de los 2000s (por cierto Craig David, ¿qué haces con tu puta vida?).

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Los antecedentes cronológicos del Messiah son turbios e imprecisos en varias dimensiones. Para empezar, el que ha habido entre su anterior álbum, Voodoo (2000), y el mismo Black Messiah no ha sido el primer hiato pronunciado de la carrera discográfica de D (como lo llama amistosamente Questlove); ya entre su disco debut, Brown Sugar (1995), y el intermedio dejó correr un tupido velo de 5 años, todo un acto de ingratitud para con su público y un desafío a la memoria pez colectiva. En lugar de dedicarse a cultivar su puesto en el candelero del soul noventero, como dicta la lógica, optó por desaparecer de la faz de la Tierra salvo por alguna que otra colaboración super-hiper-mega-estelar (Nothing Even Matters). Pero huelga decir que con Voodoo se redimió con creces de los grandes pecados artísitcos que son los lustros sabáticos: recibió la aclamación unánime de la crítica y se estableció como uno de los mejores álbumes de la década pasada. Desafortunadamente para él, afortunadamente para el resto de la raza humana, y en vista de que ninguno de los dos singles previos de Voodoo había acabado de conquistar territorio MTV, D'Angelo tuvo la brillante y aceitosa idea de acompañar su tercer sencillo, Untitled (How Does It Feel), de un vídeo en el que aparecían él y sus oblicuos completamente desnudos y sudorosos. Misteriosa e incomprensiblemente, el clip causó un terremoto planetario, catapultó Untitled a los puestos más altos de las listas de éxitos, y convirtió a D'Angleo en un sex-symbol de ébano de la noche a la mañana. 


Personalmente, no sé... Lo de sex-symbol, pues como que no lo acabo de pillar, la verdad. Resulta que el pobre no encajó demasiado bien que ésta recién descubierta calidad de objeto sexual minara su credibilidad artística (oh vaya, qué inusual, le incomoda que desconocidas le silben por la calle, a las mujeres, sin embargo, es una cosa que nos suele encantar), y comenzó a desarrollar una suerte de aprensión escénica combinada con lumbalgia aguda, derivada de tener que encorvarse para recoger una media de 300 bragas por concierto. Qué vida más dura, tetes.

Feminazismo a parte, dicha frustración fue el detonante final que acabó por sumirlo en una espiral de depresión, ostracismo y drogas. Volvió a su antiguo hogar en Virginia, desapareció de la vida pública, su novia, su familia, su abogado y su mánager lo dejaron por imposible y se puso a comer alitas de pollo frito con gofres como un loco. Y así, de la forma más egoísta posible, D'Angelo privó al mundo de su talento durante casi 15 años. Cuentan por ahí que fue la muerte de Amy Winehouse, muy por los pelos, lo que rescató su alma de las llamas del infierno; su colega en común Questlove había entablado amistad con la diva de Camden Town durante sus últimos años de vida, y cuando lo trágico e inevitable sucedió, llamó a la puerta de D, lo agarró por el pescuezo y le soltó "¿Quieres correr la misma suerte, my nigga?" (es posible que la descripción de los hechos no sea del todo rigurosa, pero para que nos hagamos una idea).

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Black Messiah arranca con Ain't That Easy, que se decantaría del lado no políticamente comprometido (o al menos no literalmente) del álbum. Es un tanto engañosa; empieza así rara, como con ruidos alienigenas, luego una marcha de voces invocando a los infiernos y, de pronto, se oxigena en el estribillo, que es puro Philly sound, que no es más Prince porque no puede. Ain't That Easy es casi perfecta, parece que no, pero se deja querer con facilidad a los 50 segundos, y precisamente por eso confunde: no prepara al oyente para lo que viene a continuación (1000 Deats). En Back to the Future (Part I) hay un punto inusitado de inocencia o de esperanza, y también de hip hop. Casi se puede escuchar a D'Angelo ruborizarse mientras se descubre a sí mismo queriendo volver al pasado (So if you're wondering about the shape I'm in/ I hope it ain't my abdomen that you're referring to (Si te preguntas qué tal estoy/ Espero que no te refieras a mi abdomen). Y Part II es divagación, pura autocomplacencia, un batido premeditadamente improvisado de jazz, funk, rock... Yo qué sé lo que lleva, pero está de muerte. En Prayer se descubre un mash-up bellísimo entre el Prince de Purple Rain y el Prince de cuando Prince se llamaba asíThe Door es una auténtica rareza rootsy, como si se le hubiera pegado algo de la tradición blusera de su Richmond, VA natal, y Another Life marea de todos los lugares a los que evoca: New York de los 1990s como si fuera ayer, Sade mezclada con Smokey Robinson y con hippies, más Prince cuando Prince se llamaba así... Una clarísima apoteosis vocal del monstruo del falsetto D'Angelo, que parece no darse cuenta de que sus agudos podrían ser más agudos todavía por contraste, tal y como se aprecia en estos 15 segundos de erótica inefable. Y eso no es lo peor: con tanto estímulo, la letra casi pasa injustamente desapercibida... 

Al otro lado del espectro, si Another Life era un collage de recuerdos dorados, Betray My Heart es el equivalente del Black Messiah al descubrimiento de América; quiet storm en la mejor de sus formas, jazz psicodélico pero con elegancia y educación (esto es, se va por las ramas, pero no sin antes cogerte de la mano para que lo compañes). Betray My Heart es el amor verdadero hecho canción.

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Luego están los temas que, claramente, vienen con ganas de revolver conciencias y vísceras a partes iguales. El compromiso político-social del Black Messiah es expreso y estratégico; su lanzamiento fue adelantado varios meses por culpa de una serie de episodios de racismo institucionalizado acontecidos en Missouri (Michael Brown) y Nueva York ("I can't breathe"). Ain't That Easy, la canción bienvenida del Messiah, era un trago de agua revigorizante, que sirve de poco porque 1000 Deaths, la que le sigue, te seca la boca de un tortazo; abre con un predicador hablando sobre el Jesús de la Biblia, con pelo de cordero y cuerpo color jaspe (es decir, no de un paliducho enclenque de mierda con ojos azules). El resto es la auténtica nigga revolution sonora, tan negra que, si eres ario, caucásico o remótamente lechoso, te hará sentir algo incómodo, como si no formaras parte de su causa. The Charade lleva el Purple Rain gravado a fuego en la frente (otra vez); sólo podría ser más Prince si Prince tuviera un don equiparable para la canción protesta (seguramente el único don del que Prince carece), y Till It's Done (Tutu) es, como dice Michaela Angela Davis (vídeo a continuación), la banda sonora de la revolución, el ruido poderoso que hacen los pasos de la gente al andar con esta marcha de Selma que, penosamente, estamos teniendo que recrear en el siglo XXI.

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Decía Louis Armstrong (o alguien por el estilo) que sólo existe música de dos tipos: honesta y deshonesta. Bien, Satchmo, te veo y subo a lo siguiente; sólo existe música honesta de dos tipos: la que hace D’Angelo y la que hacen el resto de músicos honestos del mundo. Black Messiah es una obra maestra premeditada de confesionalidad colectiva. Es la banda sonora de un instante muy delicado en la historia afroamericana y, sin embargo, lleva inscritas la atemporalidad y la universalidad en el ADN. No puedo pensar en un logro artístico más encomiable, sobretodo cuando está tan claramente exento de pretensión (algo innato en la auténtica música negra, por otra parte). Black Messiah es hoy y mañana, lo que somos, lo que seremos y lo que podemos ser, un mundo de héroes en potencia. Black Messiah es, en resumen, todo.

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23/1/15

FILM: Whiplash, un jazz mecánico para soldados con trompeta


Terence Fletcher (J. K. Simmons) matando reclutas en un “””conservatorio”””. Via redeye
El otro día volvía a casa de ver Whiplash (2014), ópera prima número 2 del guionista y director Damien Chazelle, un drama """musical""" protagonizado por Miles Teller y J. K. Simmons que, a estas horas, ya acapara un par de galardones del Festival de Sundance 2014, cinco nominaciones a los Óscar, otras cinco a los BAFTA, Globos de Oro y un porrón de premios, honores y elogios de asociaciones cinematográficas de casi todos los estados de la Norteamérica yankee.


Mi Santa Madre ha soñado dos veces con esta película desde que la fue a ver el sábado a su cine más cercano. Mi Madre es ese tipo de persona que hace listas mentales de actores favoritos por generaciones (generación Cary Grant, generación Marlon Brando, generación Al Pacino, generación George Clooney...), así que me dije a mí misma que bueno, que iría a enterarme de qué iba este follón de Whiplash. Al llegar me preguntó que qué me había parecido. Una hora de discusión después, y tras percibir que estaba a un "pero" de distancia de convertirme en desheredada, opté por una retirada a tiempo.

Lo que pasaba es que mi Madre está con los del Rotten Tomatoes, que quieren duchar con Óscars a Chazelle. Yo estoy con los cuatro esnobs amargados que saben que a Charlie Parker lo llamaban Bird porque le chiflaba el pollo frito (yardbird es la palabra utilizada en los estados sureños para llamar al pollo) y que Whiplash hace un flaquísimo favor a la percepción mainstream del jazz. Es evidente que el film no pretende erigirse como tratado de musicología novelado, a la manera de obras maestras del cine jazzero tipo Round Midnight (1986); el jazz aquí no es más que un pretexto refinado, cuyo único cometido artístico consiste en contar la vieja historia de un entrenamiento militar para piji-bohemios (no por nada algunos la han apodado "Full Metal Juilliard"). Aún así, ningún fin debería justificar cualquier medio, y mucho menos uno tan vagamente trazado y confuso como es el desenlace de Whiplash; no todo vale en el nombre de la vistosidad cinematográfica, ni la intensidad debe prevalecer sobre la credibilidad a toda costa. No quisiera ponerme en plan Kim Jong-un, pero vamos... Atrincherarse reiterada e impunemente tras la barrera comodín del "es sólo una película" puede acabar convirtiendo el séptimo arte en un peligroso coladero de falacias muy "vistosas" e "intensas".

Así pues, si sois del club de amigos del Rotten Tomatoes y Whiplash os ha parecido tan chupi-fantástica como a los chupi-críticos de la calle de la piruleta que van regalando calificativos golosos para decorar su póster promocional, os recomiendo que paréis de leer y bajéis al quiosco a compraros la Fotogramas. Parafraseando al cabrón adulterado del profesor Terence Fletcher (Simmons), y resumiendo el contenido de lo que podríais encontraros a continuación, no hay pareja de palabras más desacertada para dedicar a esta película que "buen trabajo".

Las líneas maestras de la trama vendrían a ser las siguientes: Andrew Neiman (Teller), joven aspirante a uno-de-los-mejores-baterías-de-la-historia, estudia en Shaffer, el ficticio mejor conservatorio de Nueva York (y por ende, del mundo), donde llama la atención del profesor Terence Fletcher (Simmons), un tirano venudo que se cree que no necesita presentaciones. Abanderado de la """noble""" misión vitalicia (que, al final de la cinta, se aparecerá como ni tan noble ni tan vocacional) de descubrir al próximo Charlie Parker, Fletcher hundirá al tontuno engreído de Neiman en una espiral de sacrificio insano, entrenamiento 24/7 y maltrato físico y psicológico, con el único objetivo de amoldarlo a su enfermizo ideal de supremacía interpretativa.

Andrew Neiman (Miles Teller) y Terence Fletcher (J. K. Simmons). Via New York Post
A bote pronto suena... ¿bien? Muy americano y muy trillado todo. Digamos que no mata. Nadie pierde el culo por descubrir una película con semejante sinopsis; hace falta un aval mínimo de cinco nominaciones de la Academia para animarse. Sobre el guión se puede hablar en los mismos términos; correcto, interesantillo, de sastrería indie, con sus luces (verosimilitud a parte, que levante la mano el que no se ha relamido viendo a J. K. Simmons torturar a Miles Teller como a un bicho peleón) y sus sombras (¿era necesario introducir un personaje entero (la chica que vende palomitas en el cine (Melissa Benoist) y cargárselo antes de saber qué pintaba allí, sólo para simbolizar la automartirización del genius-in-progress en favor de sus aspiraciones de grandeza?) pero, en definitiva, nada nuevo bajo el sol. Es posible que su mayor logro sea, precisamente, tomar una premisa tan endeble como excusa para convertir el pulso enviciado entre un profesor y su alumno en algo que se sostiene con dignidad.

Las interpretaciones van a parte, en esto no hay forma de contradecir a los chupi-críticos; Miles Teller es toda una promesa, un puto crack haciendo ver que toca la batería like a pro (no seré esnob hasta el extremo de pretender que me di cuenta de que era una habilidad fingida, pero resulta que para los bateristas de verdad es bastante evidente), toma con maestría las riendas de un personaje un tanto bipolar, que pivota entre la pusilanimidad y la determinación con antagónica fluidez. A J. K. Simmons ya le han dado hasta Globo de Oro, así que algo habrá hecho bien. Los fans de los Coen le tenían cariño desde hacía tiempo, pero Whiplash ha sido indiscutiblemente su hora y 43 minutos de gloria. Por otro lado, su aproximación puede resultar a ratos caricaturesca. No está claro que haya sido la más pertinente dado el contexto; ¿un calvo cachas que suelta cinco tacos en una frase de seis palabras (y todavía le sobra para acordarse de tu madre y de tus ancestros judíos) en la cúspide de las élites finolis del jazz academicista? Mmhh... No sé... Si se cerraban los ojos, más parecía que se estaba en el vestuario de algún equipo de rugby en lugar de en una clase de música. Pero qué más dará, ¿no? Los malotes insaciables son carne de aclamación crítica desde que el mundo es mundo, y Simmons ha aprovechado la oportunidad inmejorablemente.

Pues eso. Via circusa.com
Y el plato fuerte de Whiplash es la tensión, sin lugar a dudas. Capta la atención del espectador de principio a fin, es fascinantemente dinámica e intensa (en detrimento de lo que haga falta), y el uso de la iluminación es remarcable, descriptivo y siempre acertado. La escena final es el mejor ejemplo de todo ello, apoteósica e impepinable, sea lo que sea (porque no se sabe lo que es, como apuntaba al principio de esta entrada): a algunos les puede parecer un último delirio desesperado del pobre Neiman y una mirada de redención para su profesor; a otros, un triunfo de la rebelión sobre la sumisión, del bien sobre el mal. Pero la mayoría puede haber salido de la sala del cine creyendo que la práctica hace la perfección, que el genio se hace, no se nace, y que el sadismo es la herramienta última para la consecución del éxito. ¡Ay, qué tontería más grande! Chazelle no es consciente de lo perversa y pueril que puede llegar a resultar la mera insinuación de que la genialidad está reñida con la humanidad y el azar.

A parte de todo esto... ¿Y el jazz? ¿Es que nadie va a pensar en el jazz? Damien Chazelle no mucho, por lo visto, y cuando lo ha hecho ha sido de forma flagrantemente oportunista. Sin profundizar demasiado, por ejemplo, con la anécdota del címbalo a la cabeza de Charlie Parker; según Whiplash, durante una jam session, Jo Jones, mítico batería de la Count Basie Orchestra, lanzó un platillo al careto sudado de Parker porque llevaba un rato desafinando y ya estaba un poco hasta los cojones. Tras el suceso, the Bird tuvo una revelación mística que le empujó a encerrarse monásticamente a practicar con su instrumento. Un año después, reapareció en otra jam session y, según cuentan, sopló el puto solo más maravilloso de su vida, todo gracias al platillazo de Jones.

Mmhh... A ver, Chazelle... ¿Te crees que nadie lee libros o ve pelis o algo? ¿Que nadie ha visto Bird (1988)? ¿Que nadie se ha leído Bird Lives (1973)? ¿Hace falta tergiversar la historia para excusar al cínico salvaje de tu profesor Fletcher? Nadie tiró nada a la cabeza de Charlie Parker, sino al suelo. Charlie Parker no desafinaba; Charlie Parker estaba divagando con su saxofón como buen portento musical y egomaníaco que era, tendencia que, comprensiblemente, puede levantar crispaciones en el contexto de una banda. Charlie Parker tomó nota de la llamada de atención de Jones, sí, y tardó un año en volver a ofrecer un despliegue de talento memorable, también, pero no por haberse encerrado en su cuarto a probar cuánto podía aguantar soplando antes de empezar a escupir sangre. Charlie Parker se dedicó a tocar, comer, pensar y respirar música, a escuchar a otros grandes, a actuar regularmente, a estudiar y a practicar, por supuesto, pero no por resquemor o avaricia, sino por amor y avidez. Las moralejas que se destilan de una versión y otra de la anécdota son, pues, terroríficamente dispares.

Luego está lo de utilizar ni más ni menos que a Buddy Rich y Charlie Parker como referencias absolutas de un batería de conservatorio que se cree que el jazz es una competición para velocistas. ¡Buddy Rich! Lo buscas en la Wikipedia y lo primero que te cuentan de él es que se jactaba de NO PRACTICAR NUNCA, de tener un talento natural desde la tierna edad de 0 años y de desenfundar la batería única y exclusivamente para actuar. Y Charlie Parker... Bueno, digamos que Charlie Parker era el tipo de músico al que le gustaba que le chuparan la polla en los taxis mientras comía pollo frito (según contó un tal Miles Davis en su autobiografía). No es que no practicara nunca, pero... Tampoco daba la imagen de adalid de la disciplina y el estoicismo, ¿no?

A estas alturas da un poco de pereza tener que andar desmintiendo la gran trola hollywoodiense del sueño americano; por muy crudo y desalentador que suene, la grandeza no es consecuencia directa e inequívoca de un esfuerzo particularmente descomunal. Puede ser un instrumento potenciador y perfilador de incalculable valor, pero no es ni siquiera imprescindible. Lo siento, chic@s, así es la vida.

Al final, si todo el rollo del jazz os la trae al pairo, es posible que Whiplash os haya parecido tan chupi-guay como a los chupi-críticos mencionados un poco más arriba. Nada que reprochar, mejor para vosotros; es cierto que no era necesario saber nada de música para apreciarla, y habréis podido disfrutar de ella sin tener que perderos en tecnicismos historicistas. Es más; parece ser que su deleite es indirectamente proporcional al nivel de devoción jazzera del espectador. Pero por si acaso, para lo que pueda serviros en un futuro, sabed que en Whiplash no aparece el jazz ni de refilón; los chavales del prestigioso conservatorio ficticio de Shaffer se forman para convertirse en autómatas, ejecutores perfectos de estándares. Y no hay nada, NADA en el universo más contrario al espíritu de esto a lo que mal llaman la música clásica de América. Porque, ¿qué coño es el jazz, entonces? Pues ni puta idea, la verdad, dudo que exista alguien que ose definirlo con exactitud. Lo que está claro es que el jazz no es sangrar por las manos, ni tocar más rápido que nadie ni entrar siempre a tiempo. El jazz poco tiene que ver con todo eso, el jazz es más como... El jazz es...

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Referencias:

Getting Jazz right in the movies. Richard Brody (The New Yorker)
What Whiplash Gets Wrong About Genius, Work, and the Charlie Parker Myth. Forrest Wickman (Slate)
Whiplash: A jazz movie that has nothing to do with jazz. J. R. Jones (Chicago Reader)
Whiplash: Tale of tyrannical band director veers toward ridiculous. John Beifuss (The Commercial Appeal)
You Can't Teach Genius, No Matter What Whiplash Thinks. David Thomson (New Republic)

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Cambiando de tema, long live A$AP Yams.