SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR MIND DO THE TALKING

19/11/2014

MUSIC: John Mayall en Barcelona, all your blues (I miss loving)


Cuando el mundo era mundo y John Mayall tocaba la guitarra. Via thegearpage
A los padres se los respeta porque sí, sin discutir, que para algo son padres. No hace falta que sean los de uno propio. Ni siquiera es necesario que sean padres de verdad; padres de la ciencia, de la filosofía moral, del surrealismo, del Chupa Chups… es decir, de cosas que no cagan, no mean y no te roban el vodka cada fin de semana, cosas de las que no tiene ningún mérito atribuirse la paternidad. Los padres tienen razón en casi todo y casi siempre, que no es todo ni siempre, o sea que algunas veces se equivocan. Cuando nos damos cuenta de esto el mundo se derrumba y comienza la adolescencia, aunque yo en realidad no quería hablar de ese tema, mejor que piquéis ‘Sigmund Freud’ en la Wikipedia, ahí también lo explica pero más sencillo.

John Mayall es el padre blanco del blues, o el padre del blues británico, según con qué pie se levante tal día (con muchos permisos de Alexis Korner), y como padre de algo con lo que me casaría si pudiera, el respeto que le profeso alcanza cotas reverenciales, por supuesto. Por eso cuando la pifia un poco me revienta reconocerlo, me sienta francamente mal. Pero es que ayer, en L'Auditori de Barcelona, con el '80s Birthday tour, ayer... Ohhhhh poppa, look what you doin...

Llego pronto a L'Auditori para variar, y la chica que pasa la maquinita a las entradas me dice que seguramente nos dirán de bajar a platea porque hay muy poca gente y no hay personal en el segundo anfiteatro. Bien, toma ya, estoy de suerte, pienso para mis adentros, y le digo a la muchacha que muchas gracias, qué amable. Tras media hora subiendo escaleras llego a mi asiento. Echo un vistazo al panorama. "Poca gente", me dijo la chica maja de la maquinita. No había ni Cristo, el The Death of J. B. Lenoir iba a rebotar contra el fondo de la Sala 1 y volverle a John Mayall en toda la cara. Me alegro por mí pero sufro un poco por papá Mayall. Ya me parecía raro que alguien como él fuera capaz de llenar un sitio com ese en una ciudad como en la que estaba. Y no sólo eso; ¿blues en un auditorio? No me jodas John Mayall, ya sabemos todos que has tenido tus momentos jazzeros y de venderte a las modas y tal pero, no sé... Yo pensaba que un bluesman de verdad no sabría qué hacer con tanto espacio, en sitios así no sudaría ni Muddy Waters que en paz descanse.

Dan el primer aviso y la acomodadora nos dice que ya podemos ir a ponernos por delante si queremos, y a la puta primera fila que me voy de cabeza, hell yeah. Mientras presentaban al octogenario Mayall yo todavía bajaba escaleras. Allí estaba él, con su coleta blanca y una camisa muy fea de inglés veraneando en Lanzarote. Con teclado. Armónica. Y sin guitarra. Carita triste. :-(. Era de esperar, si a Keith Richards ya le cuesta hasta colgársela, imagínate a un tío de ochenta tacos. Aun así, no deja de decepcionarme.

La primera se la perdono porque a esa edad uno necesita como mínimo un tema para autoengrasarse y ponerse a tono, totalmente comprensible. Comparo con los Pretty Things del mes pasado y el asunto sonaba como desperdigado por la inmensidad de L'Auditori, not tight at all. Le doy un repaso al resto de la banda. Jay Davenport a la batería, sale a escena en chandal, con un par, como diciendo, "hey Sonny Boy Williamson, espero que tú y tu bombín me perdonéis algún día". Al final del concierto ato cabos; necesitaba estar cómodo para cargar con todo el peso del concierto. Greg Rzab al bajo, quien e ganó el sueldo ayer noche con todas las de la ley, parecía el primo escuálido de Kurt Cobain (supongo que el buen vestir en esto del blues también murió con John Lee Hooker). Rocky Athas a la guitarra, su peinado se quedó en el glam de los ochenta mientras él iba envejeciendo. Para mi gusto se cansaba demasiado y bebía mucha agua, pero cuando se ponía en faena daba la talla.

John Mayall es muy agradecido y bastante hablador. Nos presentó a la banda unas cuantas veces y nos dijo lo fantásticos que éramos como público otras tantas. La mayor parte de lo que se escuchó fueron versiones (You Know You Love Me de Freddie King, Floodin' in California de Albert King, Early in the Morning de Louis Jordan, Big Town Playboy de Eddie Taylor, Mama Talk to Your Daughter de su venerado J.B. Lenoir, que fue lo más energético de la noche, y un bis en honor a Otis Rush, otro de sus favoritos, con All Your Love). Tras Talk to Your Daughter yo estaba preparadísima para lo que me parecía que tenía que ser la continuación lógica del show: The Death of J. B. Lenoir, hito de cuatro minutos del British blues, elegía a la muerte de Lenoir, el bluesman con más estilo de la historia de la humanidad tanto interpretando como vistiendo. Pues se ve que no era tan lógico, me quedé con las ganas. Del repertorio propio tiró de unos cuantos temas de las últimas décadas (Nothing to Do With Love, sorprendentemente contundente, Not at Home, Dream About the Blues) y de alguno más clásico como Chicago Line, con el que los músicos se entregaron a la improvisación. Ésta comenzó simulando lo que se iba a alzar como momento más divertido del concierto y acabó con algo de patetismo épico; Athas escondido en un hueco del escenario bebiendo agua, Rzab volviéndose loquísimo intentando matar silencios incómodos, Mayall haciendo un baile raro en plan foca y Davenport intentando suavizar lo grotesco de toda la estampa.

El hombre más blanco que se ha atrevido jamás a tocar la música del diablo (perdona Johnny Winter, ¿qué tal por el infierno?) ya no sonaba tan impecable como en aquellos tiempos en los que se le criticaba precisamente por eso, por pulcro. Chilla un poco más que canta, y se le atraganta la armónica a ratos (y digo a ratos porque cuando no, sigue siendo la meticulosa maravilla blusera de siempre). Y sólo una canción del Blues Breakers with Eric Clapton. Vaya un chasco...

Por lo visto, los padres del blues tienen su propio ciclo de vida, igual que las personas normales; nacen en el garaje de su casa, dando el coñazo a su madre, crecen en clubes de mala muerte y fiestas populares de sus localidades, maduran en los estadios, se reproducen en el backstage y mueren en el garaje de su casa otra vez, con la diferencia de que, como están un poco gagás, a veces lo confunden con un auditorio o sitios por el estilo que sean así, anchos y alargados. Pero el que tuvo retuvo, y lo cierto es que valió la pena oír brillar esa armónica de Mayall, siempre demasiado limpia para el blues incluso a los ochenta años. Sin él no hubiéramos tenido ni Bluesbreakers, ni Fleetwood Mac, ni Cream, ni Canned Heat, ni Rolling Stones ni otros tantos. Sin él, el blues sería hoy en día cosa aún más de frikis de lo que ya es, y nadie podrá aplaudirle ni alabarle ni agradecérselo lo suficiente jamás, ni que llegue al tour del 100 cumpleaños.

Dices que volverás más a menudo por España próximamente, John, y yo ni me lo creo mucho ni pienso que quiera volverte a ver, ya tengo tu autógrafo, y además me hiciste sufrir un poquito ayer, aunque en tus gestos y tus bailecitos del Imserso se reflejaba todo lo contrario. Pero me ha encantado verte, ya te puedo tachar de mi lista de cosas que hacer antes de morir. Ojalá sigas girando, rollin and tumblin hasta los 1000. Todo el respeto del mundo para ti, papá.

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7/11/2014

MUSIC: John Legend y Barcelona, love in the future?


John Legend se levanta a estirar las piernas en Barcelona, 6 de Noviembre de 2014. Via johnlegend.com
“Puto John Legend. Eres el puto John Legend. ¿Por qué conformarse con ser John Legend cuando se puede ser EL PUTO JOHN LEGEND?”. Esto es lo que le hubiese preguntado a (adivinad quién) John Legend ayer en su camerino del Auditori Forum de Barcelona si yo fuera de ese tipo de personas despreciables, millonarias y sin vida propia que comen atún con ketchup y compran packs de entrada + meet and greet (si alguien se acaba de sentir aludido le confirmo que sí, en efecto, a Avril Lavigne le das asco, pero hace lo que sea por tu pasta gansa. Y el atún con ketchup es una cochinada).

Casi llegamos tarde al concierto, una de las dos únicas fechas españolas del All of Me Tour y parte de del Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona (y quien piense que John Legend no es suficientemente jazz, que no me cuente que Diana Krall sí que lo es porque me da la risa). Un poco fue por mi culpa, por coger la Ronda de Dalt "sin querer", y otro poco de culpa fue por un atasco en Ronda Litoral. Angie, mi acompañante de lujo de la noche, muy probablemente y con razón me estaba asesinando mentalmente, pero tuvo la bondad no sólo de no decirlo en voz alta, sino de intentar ayudarme con el Google Maps, porque ella es así, un ser humano extraordinario por fuera y por dentro, un ejemplo para nuestra raza. Tan maravillosa que, mientras Legend se despedía de nosotras al son de un ultra-radiofónico y dulce All of Me (una de sus canciones favoritas del Love in the Future (2013), ella se dedicaba abnegadamente a grabar notas de voz con el WhatsApp para todos sus contactos, que le habían pedido expresamente que les mandara una cuando cantara el hitazo indiscutible.

A las 21:03h bajan las luces y se enciende el escenario, porque la profesionalidad y el compromiso son marca de la casa Legend. En el lado opuesto del espectro, hasta las diez menos cuarto no pararon de circular acomodadores con linternitas, guiando hacia sus butacas a los desalmados que se atrevieron a llegar tarde a su cita con el adorable John Legend. Le digo a mi prima que qué españoles que somos. Ella se ríe por no llorar.

Se inaugura la velada con Made to Love, rompepistas y rompecorazones que en la versión de estudio lleva la firma de su productor, Kanye West, tatuada en la frente, pero que ayer sonaba a Legend en su más elegante, acústico y comedido esplendor, piano y hombre solos ante el peligro. Su voz es sencillamente inapelable, no admite discusiones al respecto. Con infinitos matices y texturas, sus altos y sus bajos (sobretodo sus bajos) parten las entrañas en dos. En raras ocasiones abusa del melisma, y a penas grita, a diferencia de la inmensa mayoría de sus contemporáneos con garganta prodigiosa de la música pop, herederos irremediables de Michael Jackson. Es espectacular sin ser ostentosa, emocionante sin ser afectada. Es una voz de la que, para bien o para mal, no puedes cansarte nunca de escuchar.

Como presencia, John Legend tiene un algo de tocado por la mano de Dios, de catalizador de paz interior.  Tendrá que ver con su infancia entre los muros de la iglesia pentecostal en la que se crió, allá arriba en el Medio Oeste de Springfield, Ohio. Después de Tonight (Best You Ever Had) (hola John, nadie se cree que no quieres fardar) nos hizo un resumen largo de su vida; su padre, su madre, sus hermanos, la abuela de segundo nombre Maxine (pero que no tiene nada que ver con la canción), la otra abuela que le enseñó a tocar el piano, la universidad y todos los uhhhs, ahhhhs y heeeeys que ha cantado como corista para gentuza como Lauryn Hill, Alicia Keys o Kanye West. El típico sueño americano, vamos, que aunque más manido ya no puede estar, no deja de resultar encantador. Y más si lo cuenta alguien con esa gracia de predicador aficionado.



El show fue una sucesión de hit tras hit y, por esta vez, lo perdono e incluso lo comprendo; era la primera vez que pisaba Barcelona, se notaba que venía con ganas de caer bien, así que la chispa ya estaba servida. Angie me preguntaba a la vuelta si creía que se pondría nervioso antes de salir, por eso de la novedad. No tengo ni idea, pero sería entrañable que así fuera. Lo que estaba claro era que, en cuanto salía a escena, se le pasaba el mal rato. Number One, Let's Get Lifted, So High, Save Room, P.D.A. (We Just Don't Care), Green Light (en ésta instó al público a levantarse, y en mi humilde opinión, podría haberlo hecho en unas cuantas más), Ordinary People (con esta se cayó el Auditori), You & I (Nobody in the World) (aquí nos caímos nosotras dos), todas moldeadas por John Legend bajo un tratamiento orgánico, tradicional y elegante. Su banda estaba en la misma onda de frugalidad dulcificada; ni le pasaban por delante ni se quedaban atrás, siempre en la justa medida. Me quedé sin escuchar casi ninguna de mis favoritas (So Gone, Slow Dance, Heaven, Again, Another Again), y tenía muchas ganas de Used to Love U, pero me supo a poco, como si en versión minimalista y low tempo no acabara de funcionar; le faltó salsa brava, esa energía vigorizante de misa góspel dosmilcuatrera que se desprende del Get Lifted. Y encima se saltó mi parte favorita... El Rock with You de Michael Jackson tampoco me fascinó, no creo que sea el mejor versionador del Rey del Pop del mundo. Legend es, sin duda, demasiado aristocrático y nada exhibicionista vocalmente.

Se acaba el concierto y de camino a casa nos preguntamos si nos ha gustado. Rotundamente sí, ha superado nuestras expectativas, aunque eso es algo que, en parte, ya nos esperábamos. Angie me cuenta que algunos temas que no le acabaron de llegar en el disco le habían tocado alguna fibra ayer. Y es que claro, se nota que el hábitat natural de John Legend es el directo y el clasicismo acústico del espectáculo de soul. 

A pesar de todo esto... ¿por qué me seguía pareciendo que faltaba algo? J. Ivy, el poeta del spoken word, le dijo a John que sonaba como una leyenda, y fue por eso que se pasó de Stephens a Legend. Ya sabemos que sí, que lo es, probablemente de nacimiento, pero hace muy mal en subirse a ese pedestal y quedarse tan quieto. Tiene miedo, es normal, no quiere caerse, las vistas desde ahí arriba ya son suficientemente espléndidas. Prefiere la corrección de las fórmulas que le han funcionado previamente. ¡Que se olvide de una puñetera vez del VH1! Que saque su lado siniestro, que haga cosas raras, que deje de pensar y medir y empiece a escupir sangre con las cuerdas vocales. Desde donde está todo se ve de fábula, pero cuanto más arriba, siempre es mejor, que no se engañe ni sea cobarde. Que sea EL PUTO JOHN LEGEND y no el nieto favorito de todas las abuelas, al menos por un rato largo. 

Él solito se asciende a la nobleza del neo-soul, pero hay algo que, hasta la fecha, lo separa del Olimpo. Por momentos se resquebraja y deja escapar destellos, emite luz propia y se convierte en un dios. Desgraciadamente, la deificación dura poco; le aterroriza su propio poder, y se tapa las grietas del alma con masilla especial para radiofórmula internacional, que si bien no es un mérito menospreciable en absoluto, no deja de rebajar su persona artística a la casta de rey de los mortales. Kanye West dijo de él que era "el futuro", y si el título de su último álbum no pretende ser aleatorio o incongruente, algo me dice que Legend también está mirando hacia el horizonte. La frustración que me inspira su arte tiene a veces forma de esperanza, esperanza en el total, honesto y brutal despliegue de su auténtico espíritu musical, algún día. Aún es joven. Quiero creer que, con la vejez y la solidez in crescendo de su reputación, tanto la modernidad como la aceptación empezaran a traérsela más al pairo, y dará libertad a ese genio afablemente rabioso que guarda dentro de sí.

Íbamos dispuestas a llorar a moco tendido, pero ni mi prima ni yo derramamos una sola lagrimita en toda la velada, y eso que oportunidades las tuvimos por doquier. Será que se nos habían secado los ojos de tenerlos tan abiertos y temblorosos. También pudo ser que lleváramos el rimmel puesto y no quisiéramos que se nos corriera, por si acaso a la salida nos encontrábamos con John Legend y se arrepentía de que, aquella noche en Barcelona, no hubiera nadie más en el mundo salvo dos mapaches y él. Esperamos que el amor en el futuro no se acabe aquí.

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6/10/2014

MUSIC: the Pretty Things en Barcelona: sobreviviendo en el nombre del rhythm & blues

The Pretty Things en el Marula Café, Barcelona, 2 de octubre de 2014. Fotografía de Alvaro Kowalski. Via A Wamba Buluba Club.
A los Pretty Things siempre los había mirado un poco por encima del hombro, lo admito. Es injusto, pero como excusa y a riesgo de caer en el mal de muchos como consuelo de tontos, me siento obligada a hacer constar en acta que se trata de un mal hábito bastante común entre fanáticos de los Rolling Stones. Para una servidora, the Pretty Things fueron durante mucho tiempo poco más que un conjunto de rhythm & blues rabioso cuyos dos miembros fundadores (Phil May, vocalista, y Dick Taylor, guitarra) salen en todos los documentales de los Stones soltando paridas que no se cree ni Dios, como por ejemplo que no se arrepienten de haber abandonado el grupito de Jagger & Richards a principios de los 1960s para poder tocar en locales de mierda a cambio de limosna durante todas sus vidas. Cómo molan, qué auténticos, ¿no?

Pues sí, tienen encanto este tipo de personas capaces de morir de hambre por ideales, aunque lleven el sello de condenados estampado de por vida en mitad de la frente. Esa, la contemplación en vivo de la lealtad artística hecha carne y hueso, era mi principal motivación para ir a ver a los Pretty Things el jueves pasado a eso de las 22h en el Marula Café de Barcelona.

Bueno vale, también me hacía medio gracia escuchar su versión del Road Runner de Bo Diddley, que no es ni de lejos tan buena como la de los Stones pero no está mal. O para rizar el rizo, la de Pretty Thing, que se note que no se pusieron tal nombre por sus caras bonitas, porque una cosa es ser idealista y otra muy distinta, un iluso...

La cuestión es que el miércoles me cuentan que los Pretty Things están en Barna, como parte del tour conmemorativo de su 50 aniversario. Me cabreo bastante conmigo misma por no haberme enterado hasta entonces. Me insisten, hago ver que dudo durante una hora, dudo en serio durante 5 minutos y me voy a comprar la entrada. La imprimo en casa. Entradas imprimidas en casa e improvisación; dos de las cosas que más odio en este cochino mundo. Demasiados disgustos en un solo día, más vale que el show merezca la pena, pensé. 

Llegamos a la calle dels Escudellers pasadas las 22h, vamos tarde. Me temo lo peor: no voy a poder colocarme en la primera fila ni, consecuentemente, preguntarle a Dick Taylor qué tenía la London Central School of Art que no tuviera Brian Jones. Me enfado interiormente. Nos aproximamos a la entrada y observo que todo el personal está aún en la calle. Me desenfado interiormente, todavía tengo posibilidades. Hay que esperar a que llegue el amigo de mi amigo, que ya está al caer. No pasa nada, sigo teniendo posibilidades. Cuando llega por fin, hay que esperar a que se terminen la cerveza. Me vuelvo a enfadar interiormente, pero disimulo. Ahí dentro nos estaba esperando Phil May con lo que queda de la primera melena más larga y salvaje de Gran Bretaña. Vuestras putas cervezas os las podéis beber cualquier día y a cualquier hora, las greñas de May sólo las vamos a poder ver hoy. ¿Por qué la gente no puede ser ni un poco mitómana?

Entramos. Última fila. Me deprimo. No veo un pijo, ni de puntillas. Encima, precisamente aquel día, había optado por calzarme unos oxfords con suela como de fibra óptica, de ese tipo de suela que está más cerca de ser una broma o una bolsa del Hipercor pegada a la planta del pie que una suela. A mi amigo y a su amigo les da igual porque miden 43 metros cada uno y tienen un ático con vistas al mar en la cara. Claro, por eso no tenían prisa por entrar, pensé.

Ahora en serio, sintonizo: están tocando canciones que me suenan, pero no me sé el título ni la letra. Es lo malo de improvisar noches de concierto; no puedes corear los temas porque no te ha dado tiempo a aprendértelos. Puesto que la mitad de la diversión ya está perdida, sólo me queda diseccionar mentalmente todo lo que oiga. Y bailar. Sobretodo bailar. Vaya, ¡eso sí que fue fácil! Hacía tiempo que no se me iba tanto la cabeza, como si tuviera vida propia. El ruido te entraba por los oídos y te salía por la nuca. La sacudida de cuello rhythmandblusera como posible causa de tortícolis autoprovocada me pareció fantástica.

Empezaron a sonar temas que sí conocía; Come See Me, S.F. Sorrow is Born, Rosalyn... La peña se volvía bastante loca. Mi amigo, cuando no estaba en pleno trance rockero, me iba colocando en los mejores sitios disponibles, como si fuera un muñeco de playmobil. Incluso me aupó para que pudiera ver cómo se habían tirado al suelo a tocar. Resulta que los altos también son buenas personas en el fondo (más en el fondo que la media, claro, por el extra de altura). Nos acercamos a ver a Dick Taylor, que se encontraba detrás de una columna muy ancha y oportunamente dispuesta delante del escenario. Estaba igualito que de joven, pero en viejo. Se me ocurre que jamás hubiera sido un buen rolling stone; tiene menos sex-appeal que Mama Cass comiéndose un merengue. Pero el tipo tocaba con devoción, como si estuviera solo en aquella sala, como si nada más importara.

Que si los Pretty Things son pioneros del garage, que si del punk, que si la primera ópera rock antes que los Who, no sé qué de la psicodelia. Sí sí, lo que vosotros digáis, pero la cabra tira el monte. El momento álgido de la velada había llegado; BLUES. Thank you Jesus, thank you Lord! Se escuchó Can't Be Satisfied, Little Red Rooster, un medley extraño entre Mona, Who Do You Love? y Pretty Thing, You Can't Judge a Book by the Cover (una de las canciones más desatadamente coreadas) y el sorpresón sorpresón de la noche: Come On In My Kitchen, ni más ni menos. Taylor casi me mata de un riff un par de veces, tuve que soltar algún que otro TELL 'EM, DICK! que me salió de lo más profundo del alma. Y eso por no hablar de la armónica de Frank Holland (guitarra rítmica de la banda), óctuple combo de hallelujahs para él. Cyril Davies le hubiera dado su aprobación como mínimo. Ojalá todos los grupos estuvieran obligados por ley a versionar a Robert Johnson como demostración de su honestidad musical.

La alineación de los Pretty Things del segundo milenio se completa con la sangre fresca de George Pérez al bajo y Jack Greenwood a la batería, cuyo espíritu no es significativamente más enérgico ni joven que el de sus veteranos compañeros de grupo, aunque seguro que espolean su jovialidad.

Al final, pues lo típico: hacen ver que se van, a la peña le da una temper tantrum de la hostia y vuelven para calmarnos con un épico LSD. Nadie callaba nunca, así que no pude escuchar demasiado bien los chistes de Phil May ni sus batallitas con los Little Boy Blue & the Blue Boys, pero los "muchas gracias" y "buenas noches Barcelona" chapurreados sí que los aplaudían con ganas. Ahora sí, nos teníamos que ir, los chicos habían cumplido; hora y media de contundencia punk, garagera, guarra, sucia y, lo más importante, británicamente blusera. Mi amigo dijo que le faltaron unos cuantos clásicos. Yo hubiera pagado el precio de la entrada sólo por Come On In My Kitchen.

A la mañana siguiente después del bolo, me envían un correo los de nvivo para avisarme de que, basándose en mis preferencias, podría haberme gustado un concierto de The Pretty Things que tuvo lugar ayer cerca de mi ciudad. Pongo ésta cara, luego me río. Al menos han acertado, sí que me gustó. Prosigo con el curso de mi vida, en la que no hay tiempo para el blues. Lo pienso, dejo de reírme.

Poco más de un año atrás, había visto a los Stones reventando Hyde Park por segunda vez en una semana con motivo de su quincuagésimo aniversario; dos horas y pico de show mastodóntico, con luces, confeti, fuegos artificiales y púas sin usar del Richards lanzadas al vuelo, todo ello incluido en la entrada por el módico precio de un riñón en libras. El jueves pasado y en lo que bien podría haber sido un universo paralelo, por una calle estrecha y sucia del Barrio Gótico barcelonés del 2014, un eterno ex-Rollin' Stone, casi Satánica Majestad, no tenía suficiente con los lagrimones que le chorreaban por el mástil de la guitarra para mantener la atención de una cincuentena de catalanes nostálgicos. Un tipo que se saltaba las clases en la escuela de arte de Sidcup para versionar a Big Bill Broonzy con la guitarra barata de su compañero Keith, un señor de pelo canoso cuya madre se reía de lo mal que cantaba el raro ese de Mike Jagger, toda una estrella del rock disfrazada de jugador de petanca. El bueno, el íntegro de Dick Taylor y sus colegas de los Pretty Things apenas se habían movido del lugar donde empezó todo 50 años atrás, junto a aquellos vecinos de Dartford suyos con nombres y apellidos gravados a fuego en la historia de la música pop para siempre. Estaban en un club roñoso que nadie conoce, tocando música de otros tiempos para gente que está allí por no estar en cualquier otra parte, esperando a que suceda algo o le den una buena excusa para seguir emborrachándose, lo que ocurra primero. 

Su honor y su autenticidad por 15 duros, lo único que importa es sobrevivir en el nombre del rhythm & blues. Una ovación desde los más profundo de mis entrañas para los Pretty Things.

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