SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR STYLE DO THE TALKING

23/4/2014

Normcore or the cult of the American tourist


Inspiration:


"Normcore, embracing sameness, plain, anodyne, dull, adaptability, keep it simple, authenticity is overrated, misinterpretation as an opportunity for connection, may freedom be with you instead of being you, Barack Obama, mum jeans, dad's clothing, grandpa's clothing, the American tourist as the ultimate style icon, Seinfeld, Jerry Seinfeld, Jason Alexander, Friends, Chandler Bing, Ross Geller, Steve Jobs, Bill Gates, Cheers, Norm Peterson, Alan Harper, Adam Sandler, Larry David, Adidas flip flops, Crocs, Birkenstocks, Reebok Classic, Stan Smith, white sneakers, white t-shirts, khakis, caps, white socks, visors, unlogod, 2000s, 1990s, millennials, polos, playing golf, green, tennis"











H&M visor, Mango polo, H&M blazer, Zara bag, H&M houndstooth pants, Zara platform bluchers

Para celebrar tanto el día de Sant Jordi como la vuelta al mundo bloggeril tras un larguísimo e imperdonable hiato, pretendía arrancar con un outfit inspirado en algo poco sesudo y de actualidad: el normcore, la anti-tendencia que lleva cuatro meses en boca de cualquier moderno que se precie y que está dando más dolores de cabeza que otra cosa a las Annas Dello Russo y Bryanboys de todo el globo terráqueo.

La idea era hacer un poquito de trabajo de campo y sacar algún comentario corto a la par que ingenioso sobre esta gilichorrada del normcore (de hecho, ya lo había mencionado sin darle demasiada trascendencia en una entrada anterior). Dos días, treinta y pico artículos y un manifiesto (sí, un MANIFIESTO) después todavía estaba pensando cómo escribir algo sobre el tema con menos de 10.000 palabras.

Para una comprensión total del término (en su acepción estilística) prescribo la lectura de este, este, este, este y ESTE artículo, pero a los que no tengan tiempo para tonterías les digo que el normcore es, en resumen, una peineta del tamaño de las Montañas Rocosas a la hipersofisticación y el esnobismo de la moda callejera. ¿Qué quiere decir eso exactamente? Muy sencillo: ¿qué es lo que pasa cuando todo el mundo se desvive por ser diferente, especial, único e inimitable? Que nadie lo es. ¿Qué sucede cuando cualquier hijo de vecino tiene un estilo particular y distintivo? Que nadie lo tiene. ¿Qué se hace cuando lo indie, lo alternativo, lo hipster, lo raruno y estrafalario es tan común como una rubia con sombrero vaquero y botas camperas en el Coachella? ¿Seguir peleando por el "más difícil todavía"? ¿Continuar buscando las gafapastas del color más inefable/feo, la camisa hawaiana más histriónica, la combinación de estampados que haga escocer los ojos a más gente, los zapatazos con acuario en la plataforma de Disco Stu? ¡Nada de eso! "Ahora que todo el mundo quiere ser super-hiper-mega-auténtico", se dice a sí mismo el normcoreta, "¿por qué no hago ver que paso del tema? ¿Por qué no finjo que no me he enterado de que Alexander Wang va a sacar una colección para H&M? ¿Por qué no me pongo lo que mi abuelo cuando me iba a buscar al cole y me traía la merienda? ¿Por qué no lo mando todo a tomar por saco y me visto como Alan Harper?" ¡Bienvenidos al universo normcore, amigos y amigas! Donde parecerse a la versión más vergonzante de tu padre en los noventa es el súmmum de lo guay, los guiris que pululan alrededor de la Sagrada Familia son cool hunters en potencia y Obama y Steve Jobs molan mil veces más que Alexa Chung y Poppy Delevingne juntas. 

¡No hay tiempo que perder! Vete pitando al Adidas y cómprate unas chanclas de piscina con rayas. ¿Tu tío que vive en San Bernardino, California, no ha tirado las Reebok Classic que llevaba cuando vino a visitarte y a hacer turismo por Madrid? ¡Magnífico! Agénciate unos calcetines Umbro, unos khakis y una camisa azul celeste como la de tu profe de economía del insti y sal a la calle. ¡Eres un adalid de la modernidad! ¡Pasarías desapercibido en Williamsburg a cualquier hora del día! Bueno, espera un momento... No tendrás una gorra con el símbolo de Nike o de los Red Sox, ¿verdad? ¡Sí! ¡Fantástico! ¿Hace un poco de rasca ahí fuera? Pregúntate a ti mismo, ¿qué se pondría Adam Sandler para combatir este fresquito primaveral? ¡Acertarás seguro! ¡Ah, y lo más importante! Que no se te note ni pizca que la elección de tu atuendo responde a algún tipo de intencionalidad ideológica o expresión de rebeldía. Tú hoy te has puesto esto como te podrías haber puesto un saco de patatas, ¿sabes? Te la sopla todo mucho.

Jerry Seinfeld, insólito icono de estilo. Via huffingtonpost
Jerry Seinfeld (Jerry Seinfeld) y George Costanza (Jason Alexander) en Seinfeld, sitcom de
culto para el universo normcore. Via huffingtonpost
Alan Harper (John Cryer) de Two and a Half Men, o la encarnación de ese extraño
momento en que te quieres vestir como tu padre. Via site 
Chandler Bing (Matthew Perry) de Friends. Via devianart
Barack Obama va sumando méritos para convertirse en el presidente
más cool de la historia de los Estados Unidos de América.
Style icon: checked. Via huffingtonpost
Steve Jobs y Bill Gates, emprendedores, inventores, revolucionarios de las ciencias de la computación,
millonetis y ahora también iconos de estilo. Via site
Adam Sandler. Pues eso, Adam Sandler. Via cinescopia

Es evidente que para los que, como yo, dedican gran parte de su vida a expresarse a través del estilo, esto de hacer ver que te pones ropa encima con un propósito puramente funcional (es decir, porque no está bien visto ir desnudo en público o porque en invierno hace frío) se nos hace cuesta arriba. Un polo naranja. Liso. Una americana de raya diplomática. Una visera blanca.  Lisa. Unos bluchers blancos. Lisos (no me veréis en nada más parecido a unas bambas que esto, lo siento mucho). Unos capris de pata de gallo (ni siquiera sé si son lo suficientemente anodinos para encajar en un total look normcore). ¿Qué me dice todo este conjunto? A parte de que se nota que estoy intentando aficionarme al golf o al tennis pero no tengo suficiente dinero, absolutamente nada. Perfecto, misión cumplida (el bolso no cuenta, es que necesitaba un toque de pretenciosidad chic para que no me estallara la cabeza al mirarme al espejo).

Pero normcore es algo más que un hashtag destinado a substituir al selfie como trending topic del 2014, no lo subestiméis. Se trata de una estrategia para canalizar el frenesí de estímulos que es la era digital, la rabieta teorizada de una generación (los llamados millennials) que ha nacido con la presión constante por definirse como individualidades en un mundo en el que la distinción es un ideal cada vez más inalcanzable. Cuando la diferencia se convierte en el pan nuestro de cada día, abrazar la invariabilidad constituye un verdadero acto de rebeldía. El normcore reconoce como proeza la capacidad de conectar con el resto para realzarse. No hay porqué pretender que se está por encima de la zafiedad que supone pertenecer a la comunidad, a una generación, sino todo lo contrario; halla liberación en el hecho de no ser nada especial, y entiende la elasticidad del carácter humano como instrumento para la emancipación vital. Y dado que me estoy acercando peligrosamente a las 10.000 palabras, dejaré que las buenas gentes del grupo K-HOLE os lo expliquen todo con más detalle (os podéis descargar su manifiesto en pdf aquí). Os prometo que revolucionará vuestras barrocas vidas.

Karl Lagerfeld dice que los pantalones de chandal son un símbolo de derrota. "Perdiste el control de tu vida y te compraste unos pantalones de chandal". ¿Es posible que el normcorismo (por mucha ideología que le quieran insuflar esta panda de simpáticos del K-HOLE) sea en realidad los pantalones de chandal de la consciencia estética colectiva? Peor aún, ¿puede el normcore ser la expresión de un sentimiento de frustración generacional? ¿Es el culto a las Birkenstocks un reconocimiento abierto de que el vanguardismo, que hasta ahora había guiado el progreso humano, se está extinguiendo como los osos panda? O no… ¡todo lo contrario! ¿Y si el normcorismo es la salvación última del creador moderno? ¿Y si la aceptación de la conexión colectiva, la adaptabilidad (en lugar de la exclusividad) como vía para hacernos libres, es el único caldo de cultivo capaz de hacer surgir la auténtica diferencia, esa distinción natural que tan desesperadamente anhelan los normcoretas? ¿Es posible que el normcore sea sólo un sueño de Antonio Resines, un invento de El Corte Inglés para vender las Stan Smith que tenían en stock des de hace dos décadas? ¿O no es más que un revival sosainas de los sitcoms de los noventa tipo Cheers? Todas estas son cuestiones demasiado profundas para ser tratadas en un blog de moda y variedades como el mío. Además, ¡a quién le importa! Si algo de bueno tiene vivir en la sociedad 3.0 es que dentro de dos semanas nadie tendrá ni pajolera idea de lo que significa “normcore”, así que no hay necesidad de formarse opiniones sólidas al respecto.

Me voy, que tengo que ir al Decathlon a comprarme camisetas básicas blancas, a ver si consiguen disipar un poco mis dudas existenciales. Espero que no os hayáis olvidado mucho de mí durante estas semanas; he estado depurando ligeramente el contenido y el enfoque del blog y he añadido una sección (ESSAYS) donde recogeré las paranoias no-fashionísticas que vaya escribiendo. También he perfilado un poco el ABOUT, por si no tenéis nada mejor que hacer con vuestras vidas y os queréis pasar. Supongo que, pese a todo, recordaréis lo de siempre; ¡dejad que vuestro estilo hable por vosotros!
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25/3/2014

MUSIC: Who run Barcelona? Beyoncé!

Beyoncé ayer en el Palau Sant Jordi, Barcelona, interpretando uno de los primeros temas de la noche. Fotografía de 
Robin Harper. Via: beyonce.com

"¿Por qué cantará Beyoncé que el mundo es de las chicas cuando lo que en realidad quiere decir es que el mundo es suyo?" Esto es lo que me preguntaba yo ayer a eso de las 21:20h mientras The Mrs. Carter Show World Tour aterrizaba en el Palau Sant Jordi de Barcelona al son de Run the World (Girls). La cosa no podía empezar mejor ni de forma más previsible; la reina Bey surge de debajo del escenario como una Virgen Iluminada vestida de Tom Ford, y empieza a sacudir esas caderas que su Dios le ha dado como si quisiera destruir el pabellón a base de ondas expansivas. "Bien, me espera una convencional noche de danza frenética y grandes éxitos hasta que la rubia de muslos poderosos y 3.1 octavas diga basta", pensé muy satisfecha para mis adentros. Tardaría pocos minutos en darme cuenta de lo equivocada que estaba.

Cuando mi asiento y yo nos vimos las caras por primera vez, lo miré con una sonrisa condescendiente como diciendo "Creo que hoy no voy a necesitarte, amigo". Pero entonces, antes siquiera de que me diera tiempo a alzar mi puño de partisana del girl power y gritar "We run the woooooorld!", la imaginería beyonceniana ya se había apoderado de mí. Cómo agradecía ahora que mi amigo el asiento estuviera allí para recoger mi fatigado trasero mientras me concentraba en admirar aquel despliegue de estímulos audiovisuales orquestados por la señora Carter. Eché un vistazo a mi alrededor y me di cuenta de que los 18.000 espectadores del Palau Sant Jordi habían sucumbido también al mismo trance. Inmóviles como estatuas y smartphones en mano, casi ni pestañeaban para adorar con la mirada a la que ya era más que una estrella del pop o una diva; era una divinidad  a través de sus ojos.

A pesar de mi pronta reconciliación con el sillín, seguí meneando el esqueleto a la mínima oportunidad, pero procurando que no se me escapara ni una imagen, ni una sola palabra del discurso profeminista de Chimamanda Ngozi Adichie ni de la clase magistral de seducción de la mismísima Beyoncé (Seduction is much more than beauty; it is generous, it is intelligence, it is mysterious, it is exclusive). Si parpadeabas, te lo perdías.

Y por si no fuera suficiente, la de Houston nos mantuvo en tensión a lo largo de la casi hora y cuarenta minutos de concierto; justo en el momento en que pensaba que me iba a dejar tararear una canción, Beyoncé la cogía y hacía lo que le daba la gana con ella, y justo cuando mis pasos de baile se habían acomodado al patrón rítmico de un tema, éste metamorfoseaba y se transformaba en el siguiente con total naturalidad. 

Quizás el único factor auténticamente predecible de este show barcelonés (y debo suponer que el de cualquier ciudad en el itinerario del Mrs. Carter Show World Tour) fuera que los instantes míticos sucederían con una canción marchosa de fondo. Mi Beyoncé se crece ante la dificultad, y eso de bailar y cantar al mismo tiempo le pone a mil (y se nota); ***Flawless, Blow (el momento de comunión visual y sonora más perfecto de todo el show),  Partition, Drunk in Love (aunque se echó de menos al maridísimo Jay-Z), Why Don't You Love Me? (con una interpretación más tradicional, se hubiera llevado el podium de mi corazón...), Crazy in Love, Single Ladies (Put a Ring on It) (hitos indiscutibles de la noche) y Love On Top (soberbia ejecución vocal de la tejana) insuflaron energía eléctrica en los cuerpos de todos y cada uno de los presentes. Con los baladones, por otra parte, se veía venir que ocurriría justo lo contrario; me pasé el día entero rezando para que no nos tocara un I Will Always Love You, pero no hubo suerte... Si no hay nada mejor, dadme ñoñerías azucaradas y canciones lentas como esa, podré soportarlo. Pero ponerlas donde se podría haber marcado un Grown Woman o un End of Time (¡nuestra canción, Valeria!) me parece sencillamente inexcusable. Donde esté la Beyoncé bailonga y guerrillera que se quiten el resto.

¿Algún reproche serio que hacerle a Yoncé por su actuación de anoche? Sí, que es impecable, aunque no estoy segura de que eso se pueda considerar algo reprochable. La precisión de reloj suizo con la que controla cada tiempo, cada paso de baile, cada posturita, cada mueca y cada grito, quejido o gruñido hacen que me pregunte dónde queda el sentido y la razón de ser originales de ver a un artista en directo. Una acudió al concierto deseando ver las entrañas de Beyoncé Knowles, con ganas de sangre y vísceras, de observar cómo las lágrimas y el sudor se mezclan en sus mejillas y de oír cómo se le rompe la voz, pero a cambio sólo obtuve perfección. ¿Qué diferencia hay, pues, entre verla en vivo o en uno de esos portentosos videoclips que acompañan a su último trabajo discográfico BEYONCÉ (2013)? Bueno, que en el segundo caso puedes llevártela en el móvil y verla cuando quieras y en el primero, no.

Lo que está claro es que Barcelona fue suya por unas horas, como lo fueron antes muchas otras ciudades y como lo es el mundo en general. Así que no queda otra; como dice mi Beyoncé, bow down, bitches.

Ayer: Beyoncé y Barcelona juntas por fin. Via: beyonce.com


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