SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR STYLE DO THE TALKING

29/7/2014

MUSIC: Lawd, have mercy on my soul! Vintage Trouble evangelizan Barcelona con su rock & soul fervoroso


La iglesia itinerante troublemakeriana paraba ayer en la Bikini de Barcelona y se hacía con varios centenares de 
feligreses catalanes.
Ya estábamos en el coche, volviendo para casa, y suelta “¿sabéis qué? Cuando empezaron con la primera canción pensé que igual me iba a decepcionar este concierto, que me había creado unas expectativas demasiado altas”.

No mucho después de brotar tan ignominioso y precipitado juicio en su cabeza, sucedía lo siguiente:

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Y eso, amigos y amigas, es sólo uno de los muchos BAZINGA/ZAS EN TODA LA BOCA con óctuple combo especial y bonus extra de ¿Decías algo de decepcionar? que les dedicaron los Vintage Trouble a los escépticos que fueron a verles ayer noche en Barcelona para la última parada de su primera gira en nuestro país.

La sala Bikini es un antro que bonito que digamos no es y de encanto tiene lo justo tirando a poco, pero la acústica es decente y el aforo reducido, cosa bastante de agradecer si no se es muy dado a las aglomeraciones. Cuando conseguimos asentarnos en un lugar entre las primeras filas, en el centro del escenario y con perspectivas de ahuecar y abrir un sendero hacia la front row, había un tipo con patillas y chaleco que trajinaba con unas guitarras y toqueteaba algo encima de una mesa con un reloj digital que, a parte de desentonar por completo con la estética retro del grupo, no servía para nada más que aumentar los niveles de impaciencia generales. Un poco de Staple Singers, Etta James y Booker T. & the M.G.'s sonaban de fondo para amenizar la espera, que no duró mucho; a la manera de Danny Ray introduciendo a James Brown o de un feligrés proclamando la llegada de su pastor, sobre las 21:00 horas se escuchó la voz del maestro de ceremonias anunciando la inminente salida a escena de los californianos Vintage Trouble. Aparecieron serios, fascinantemente humildes y impecablemente trajeados (nunca se agradece lo suficiente, y en especial hoy en día, que un artista se tome la molestia de buscar y cuidar un estilo). Saludaron al público con máxima solemnidad y le dieron la espalda unos segundos para hacer un corrillo y realizar una especie de bautizo camaraderil del show que estaba a punto de comenzar. Se volvieron de nuevo hacia la gente y la fea Bikini se convirtió como por obra divina en una iglesia baptista de unos pocos metros cuadrados.

Ty Taylor, vocalista del grupo que podría hacer el intento de catalogarse como un híbrido enajenado entre James Brown, Otis Redding, Little Richard, Robert Plant, Mick Jagger y un telepredicador, se coloca en mitad del escenario con su traje, su corbata rosa y su aguja en forma de concha, todo impoluto y seco (por poco tiempo) y escupe un quejido con una cara de sufrimiento mítica, como si estuviera exhalando el último aliento. Sus tres wingmen a la guitarra, al bajo y a la batería cierran los ojos y fruncen el ceño. Parece que lo estén pasando incluso peor que él. La energía hacía retumbar las paredes y era tan física que te abrazaba y te empujaba contra el escenario como unos brazos espectrales gigantes. ¡Y el espectáculo sólo acababa de empezar! El trance en el que estaban sumidos los cuatro músicos se esparcía y contagiaba abajo en la pista. No sabía si saldría entera de aquella misa góspel degenerada, pero estaba bastante segura de que habría merecido la pena perder lo que fuera.

Un histérico Ty no pudo pasar del segundo tema (Blues Hand Me Down) antes de darse el primer baño de masas de la jornada; de un salto se tira al suelo y se clava justo frente a mí. Da un giro y empieza a marcarse unos pasitos de baile que le enseñó el viejo Jagger el verano pasado en Hyde Park, y yo pues flipándolo en colores, vamos. Con un gracioso brinco vuelve a subirse él solito al altar que le había tocado hacer suyo esa noche y procede con su rítmico sermón. Parecía que actuara allí cada noche; ni Céline Dion se ha sentido en su vida tan cómoda en el Caesar's Palace de Las Vegas. Cuando Nalle Colt (guitarra) no entrecerraba aquellos pequeños ojos y regalaba la mejor de sus caras de éxtasis sin dejar de acariciar su instrumento como si fuera... Ejem, su "otro instrumento", los abría para contemplar al cantante con una mirada que decía muchas cosas y ninguna de ellas decorosa. Al bajo, Rick Barrio Dill seguía muy de lejos a Taylor como segundo encantador de serpientes oficial, aunque su labor no fue nada menospreciable teniendo en cuenta que, al mismo tiempo, debía domar ese bajo endiablado entre sus manos. Según me contaron, es el más técnicamente versado del cuarteto (quizás por eso pudo permitirse el lujo de hacer de animador y bajista al mismo tiempo), y según noté por mí misma, era el más dinámico y espontáneo con diferencia, además del más hablador, pero eso ya son cosas nuestras que no voy a contar aquí. Richard Danielson quedaba atrás con la batería, pero sólo físicamente; su rítmica brutal y sólidamente bien dirigida reverberaba en las entrañas de cualquiera que lo escuchara y tuviera sangre en las venas. Como personalidad parecía ser la menos llamativa (estigmas de batería de rock, supongo). Sin embargo, su labor sentaba el sonido en la tierra y le daba una credibilidad formidablemente equilibrada y en contraposición con el efectismo vodevilesco del resto del show. Y su atuendo se llevaba la palma: el más cool de los cuatro, diría yo.

Ty no paraba de provocarnos y chincharnos y pedirnos que hiciéramos cosas, y las hacíamos todas, ¡faltaría más! En un momento preguntó cuántos de los allí presentes ya habían visto antes a los Vintage Trouble en directo, y nos pudimos contar entre los poquísimos afortunados. Muchos de los temas de su último y (hasta la fecha) único trabajo discográfico de larga duración (The Bomb Shelter Sessions) ya los teníamos escuchados (Nancy Lee, Run Outta You, Love With Me), así como otros tantos que recordábamos haber oído cuando abrieron para los Stones en Hyde Park pero cuya procedencia aún ahora desconocemos (Low Down Dirty Dog). Degustamos por primera vez en directo dos temas low tempo (Another Man's Words y Never Mind) del nuevo LP del grupo (The Swing House Acoustic Sessions), rememoramos el conmovedor discurso que precedía al baladón Nobody Told Me, tras el cual se percibió a un Ty Taylor visiblemente afectado, y asistimos a un pequeño homenaje a una pareja de acérrimos seguidores venidos DESDE Reino Unido, a quienes obsequiaron con Total Strangers. Pero la auténtica locura se desató con las dos composiciones más recientes; en el caso de Run Like The River, lo mejor será limitarme a remitir al lector al vídeo anterior, puesto que dudo que haya forma humana de captar con palabras el ambiente insano que existió durante esos seis minutos de ayer en la sala Bikini. Me planteo incluso lanzar una propuesta a la RAE o al Urban Dictionary para que pongan dicho clip como definición de ADRENALINA con mayúsculas. Estuvimos a 3 centímetros de matar a Ty Taylor cuando se nos tiró encima de espaldas al más puro estilo Iggy Pop y no pudimos con su cabeza. Increíblemente, el tipo no tuvo bastante con el susto y se volvió a sumergir bajo la marea  humana, y fue dando tumbos por el local y subiéndose por todas partes hasta que fue imposible alargar más la canción. Luego, durante Pelvis Pusher, puso a todo el personal obedientemente en el suelo y, como consecuencia, se ganó sin lugar a discusión el cum laude de domador de masas. 


"¡Dejad que los niños se agachen conmigo!", parecía decirnos Ty con su acento de New Jersey.
Pero aunque cueste de creer, el climax de la velada todavía quedaba a años luz de esos dos momentazos. Jezzebella era el tema que más curiosidad me despertaba y que más ganas tenía de escuchar; no sé si por su graciosa cadencia, tan poco blues y tan poco rock y tan poco soul y, por ese motivo, tan inclasificable, o por la ambigüedad sugestiva de su letra. Pero tenía el presentimiento de que daría mucho juego en vivo. Más impresionante aún que conseguir que un local entero se arrodille contigo es que se quede de pronto en silencio durante unos 10 segundos. El asunto ya era serio; aquella panda de yankees había aprendido a controlar nuestras emociones con unas cuantas notas y unos grititos. Y entonces Ty Taylor volvió al centro iniciático del escenario, de donde yo no me había a penas movido, y les dijo con la mano a unas gentes que estaban frente a él que se apartaran inmediatamente porque me tenía que contar A MÍ PERSONALMENTE unos cuantas cositas. He ahí el climax. Puntos suspensivos, esto también me lo guardo.

Bueno vale, también le cantó a otras dos tías, pero ellas ya estaban en primera fila, o sea que ni punto de comparación con el golpe de efecto que fue mi dedicatoria.

Los barceloneses tuvimos nuestro merecido bis, obviamente, pero por desgracia la cosa tuvo que acabar tras hora y tres cuartos de espectáculo y un litro de sudor de integrante de Vintage Trouble que llevábamos cada uno de los de las primeras filas encima. Mientras se despejaba la salida podías ir al servicio y escuchar cosas como "jo tía, si hubiera sido ni que fuera un poco malo el concierto podría haber ido al lavabo antes, ¡que me estaba meando!". Yo me decanto por pensar que más de uno y más de dos prefirieron hacérselo encima antes que ausentarse cinco minutos de aquel despliegue de sudación, vísceras y talento. Cuando Neil Young está a la mitad del solo de Cowgirl In The Sand la peña se va a descargar sin remordimiento alguno, pero con estos tíos no se mueve nadie del sitio ni a punta de pistola (como mucho, si Ty les dice que se aparten un poquito para cantarme a mí algo, claro). Ni un paso en falso, ni un tema flojo. No permitieron bajo ningún concepto que la mente de cualquier asistente volara ni que fuera durante un par de décimas de segundo a algún lugar que no fuera aquí y ahora. Era sencillamente imposible desviar la atención de lo que estaba sucediendo. Los Vintage Trouble son unos animales, unos magos, unos brujos, unos seres sobrenaturales del rock & blues & soul con el directo más potente que se puede ofrecer, a la altura de los Who, Led Zeppelin o los Rolling Stones de sus correspondientes épocas doradas. Y podría seguir alargando esta entrada con mucha hipérbole y floritura y seguiría quedándome corta en elogios. Ver para creer.

Espero de veras que, como nos prometieron encima del escenario, este sea el comienzo de una bonita relación entre Vintage Trouble y los recién convertidos troublemakers españoles. Vintage Trouble, have mercy on our souls!

Y muchas gracias a los fotógrafos que amablemente y sin su consentimiento me han cedido el material  gráfico para este post (guiño guiño).

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26/7/2014

Where the sun never sets

Inspiration

"26th July, it's Mick Jagger's birthday aka best day ever, happy birthday Mick, 71 and counting, the Rolling Stones, early 1970s, 1973, the Rolling Stones PacificTour 1973, Winter Tour 1973, Australia, the British Empire, colonist, Wild Colonial Boy, Rajasthan, India, Indian folk music, SuperHeavy, indian patterns, paisley, boater, straw hats, John Lennon sunnies, hoops, matching bracelets,  golden, lace gloves, white skin, ladies avoid the sun, bell-bottoms, super high waist, oh-so-funky, oh-so-seventies, platform sandals, in danger of breaking an ankle, summer, Bianca Jagger's good influence, sissy clothes, british flare, school uniform, Princeton's old ways"












Market hat, vintage sunglasses, market hoops, Blanco gloves, Mango bracelets, H&M shirt, 
bell-bottoms made by ma, Zara sandals

Es cuando te alegras más del cumpleaños de tu ídolo que del de tu periquito que te das cuenta de que has llevado tus aficiones un poco demasiado lejos. Automáticamente después, piensas, “oye, tampoco hago daño a nadie si quiero prepararle un pastel de cumpleaños (devil’s food cake, su favorito) a Mick Jagger y cantarle el cumpleaños feliz y ofrecer un sacrificio de sangre en su honor (bueno, con lo último igual sí, pero tampoco lo iba a hacer porque soy muy aprensiva)". Finalmente, acabas decantándote por un mensaje de felicitación mucho más convencional y que manche menos, como por ejemplo una entrada en tu blog de moda y variedades. Porque, se sincera contigo misma; si no sabes ni freirte  huevo, no hablemos de preparar una tarta con tres pisos y cobertura de chocolate, y la única ofrenda sanguínea que has hecho en tu vida es salir al jardín sin ponerte repelente antimosquitos. Tú mejor a lo tuyo.

Y a lo mío que voy. La fuente de inspiración principal para este post vino de una sesión fotográfica que le hizo Anwar Hussein a Mick Jagger en una casa solariega de Viena, un otoño de 1973, y que siempre me ha parecido particularmente interesante. Por lo visto, des de que empezó a usar el uniforme chaqueta de smoking kitsch + pitillos + bambas Nike con plataforma hace ya más de una década, nadie se acuerda de que Mick Jagger fue un día un ecléctico icono de estilo (probablemente no tan contundente ni reconocible como su camarada Keith Richards, pero definitivamente mucho más atrevido).



Ninguna de las fotografías a continuación me pertenece. / I do not claim to own any of the pictures below.







(Esta fotografía y las 6 anteriores) Mick Jagger en Viena, Austria, octubre de 1973. 
Fotografías de Anwar Hussein/ Hulton Archive/ Getty Images.
Con los Rolling Stones de gira por el mundo (presentando su doble álbum y obra maestra del rock & roll Exile on Main St.), 30 primaveras y recién casado con una licenciada en Ciencias Políticas nicaragüense que parece su hermana gemela, Jagger estaba en 1973 en la cumbre de su vida profesional y personal. Y esto no podía más que reflejarse en sus retratos de la época. El fotógrafo dijo de él que posaba como una modelo. Nada sorprendente, en realidad; la inocencia de su pubertad blusera y de su primera juventud hippie se había esfumado ya hacía tiempo. Sin darse cuenta, estaba asistiendo al nacimiento del Mick Jagger Súper Estrella del Rock, el Dios pagano con leotardos y purpurina en los párpados que se sube a los escenarios y mangonea a las masas como un domador de leones celestial. Y cuando no se dedicaba a incendiar estadios enfundado en un pijama de pedrería diseñado por Ossie Clark, seguía exudando esa autoconfianza que confiere el hecho de saberse el rey de todos los cotarros, aunque de una forma muy distinta. Con una elegancia destartalada, una delicadeza un poco raruna y amanerada, tan relajada que incluso intimida, radicalmente británica y mestiza a la vez por culpa tanto de sus costumbrismos de niño inglés de clase media como de su posterior modus vivendi de rockero nómada, encarnaba el típico tipo con el súperpoder para salir a la calle con un look compuesto exclusivamente por básicos y seguir derrochando actitud. Jagger no es ningún Elton John; necesita poca parafernalia para causar efecto, sólo desplegar (y muy bien) sus múltiples personalidades, jugar a algo entre lo burgués y lo exótico, como un vecino que riega las flores cada mañana y se va de vacaciones a cazar panteras; lo suficientemente misterioso para intrigar pero no tan excéntrico como para parecer completamente inalcanzable (esto es, no ser como Keith).

Mick Jagger en el aeropuerto de Heathrow, Londres, Reino Unido, septiembre de 1970.
Fotógrafo desconocido.
Mick Jagger, su boater y Charlie Watts durante una conferencia de prensa antes de un 
concierto en el Palais des Sports, París, Francia, Septiembre de 1970.
Mick Taylor, Mick Jagger y Charlie Watts, París, Francia, Septiembre de 1970. (Esta y la anterior) Fotografía de Jean 
Louis Atlan/ Sygma/ Corbis.
Amante confeso de los sombreros (no por nada acuñó una de mis citas favoritas sobre sombreros de todos los tiempos, "Nunca se está solo cuando se lleva sombrero", aunque en un contexto nada memorable...), le queda bien cualquier cosa que se ponga en la cabeza; paperboys, jipijapas o boaters como el que llevo para las fotos de hoy, que me parece que establece un contraste curioso entre su célebre personalidad libertina y los orígenes institucionalistas de este simpático gorro (forma parte del uniforme de muchas bandas universitarias como la de Princeton, por ejemplo).

Aunque no haya manifestado nunca una predilección especial por los patrones ni la ropa étnica, Mick siempre ha atesorado un vínculo especial con India y su despampanante riqueza sonora (es por esto que ejerce de patrón de un festival de música folk en Rajastán des de hace años y ha experimentado con la música del país tanto junto a los Stones como con SuperHeavy). Es ahí donde entran esos maravilloso pantalones de campana con un estampado de cachemira free style, que bien podrían ser algo así como un símbolo de la transición entre Woodstock y Studio 54. Los brazaletes dorados son un poco de bicho hindú con ocho brazos, que es algo que se adecua bastante bien a la temática de hoy. 

La gente suele sorprenderse o poner cara de incredulidad cuando les aseguro que Mick Jagger es una personalidad discretamente compleja y completa, con una sed de conocimiento insaciable (y no lo digo yo, lo dice Scorsese). Es por eso que, a veces, me gusta compararlo con el Imperio Británico, porque es como si el Sol nunca se pusiera en él. Allí donde acaba un Mick, empieza otro, y nunca sabes cuál será su próxima conquista o si algún día cesará. Impregna todo lo que lo rodea con su arrolladora britishness mientras, al mismo tiempo, absorbe la esencia y el valor de lo que le es ajeno, dando lugar así a una personalidad cultural que es tan ensimismada y singular como abierta y conciliadora. Y con esto lo que quería decir en realidad es que he combinado los brazaletes con los guantes de encaje de terrateniente blanca y rica para simbolizar el colonialismo británico. 

Aunque creo que todo esto no debe achacarse sólo a un delirio de grandeza imperial con retraso; Bianca Jagger, la que fue la primera mujer de Mick entre 1971 y 1978, también contribuyó a perfilar el estilo más refinado y jet-setter del líder de los Stones de aquellos años, y consiguió erradicar sus ramalazos piojosos de influencia richardsiana hasta nuestros días.

Mick y Bianca en el hotel Savoy de Londres, enero de 1973. Por lo visto, a la de Managua también le iba el rollo
colonial. Fotografía del Daily Mail Archive.
Lee Radziwill, Mick Jagger y Bianca Jagger, probablemente en la Costa Azul durante la época de Exile on Main St.

(verano de 1971). Fotógrafo desconocido.
El pobre Mick Jagger, con todas sus virtudes, es muy very british en este aspecto y le incomodan un poco los sentimentalismos, así que no haré como con el cumple de Keef y me limitaré a desearle un muy feliz cumpleaños y a hacerle saber que voy a intentar lo de la tarta de chocolate, que le pondré unas velitas y entonaré el happy birthday en su honor des de mi casa, porque él lo vale. Y aunque yo sólo sea una nota a pie de página del maravilloso libro del estilo que es Sir Mick (y con el permiso de los demás), le dedicaré hoy mi frase de siempre; ¡dejad que vuestro estilo hable por vosotros!

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