SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR MIND DO THE TALKING

8 de dic. de 2014

MUSIC: Barcelona sucumbe al trance de Rival Sons + Jameson


Rival Sons (Mike Miley, batería, Jay Buchanan, vocalista, Scott Holiday, guitarra y Dave Beste, bajo) matando gente en la sala Bikini
barcelonesa, a 5 de diciembre de 2014. Fotografía de Jose Figueres.
Esta es la historia de un viernes que nació gris, creció gris y casi muere en blanco y negro. Pero aparecieron los Rival Sons y, como agua de mayo en diciembre, como el technicolor, lo transformaron en el viernes más memorable, frondoso y colorido del 2014 barcelonés.

Pues eso, que ni pensaba ir al concierto que daban los Rival Sons en la sala Bikini el 5 de diciembre (el único paso por nuestro país de la gira de presentación de su nuevo disco, Great Western Valkyrie (2014). Me había levantado triste, sólo era otro viernes de mierda. Los Rival Sons me despertaban el máximo de los respetos y poco más, sabía lo justo sobre ellos. Encima, un día me enteré de que les llaman "los Led Zeppelin del siglo XXI", cosa que no me parece ningún valor añadido. Así que me disponía a tirar una tarde de mi juventud por el retrete a base de estudiar cuando, de pronto, tuve una revelación en forma de Jay Buchanan (vocalista de Rival Sons) versionando a Amy Winehouse. "Me da que si no voy a verlos hoy y me quedo haciendo esta jilipollez de la universidad me arrepentiré toda la vida". Como casi siempre, estaba en lo cierto.

Drama. Desolación. ¿Y si ya no quedan entradas? Entro desesperadamente en su página web, con la esperanza de que la desidia no me hubiera condenado a una velada de estudio académico estéril. ¡Sí que había! Voy a vestirme. ¿De qué me disfrazo hoy? Algo entre Black Crowes y Vintage Trouble, entre 1967 y 1973, entre country y glam, entre Head Down (2012) y Great Western Valkyrie.

Llegamos a Bikini veinte minutos antes de las 20h, un poco justos. Me veo obligada a entrar sola porque hay gente muy especialita a la que le entran ganas de cenar a la hora de la cena. Pillo un sitio muy bueno en segunda fila, al lado de un fotógrafo. Se ve que los Rival Sons vienen con telonero, ni me he enterado de quién es. Tarda mucho en salir, me estoy aburriendo. Igual tenía que haberme quedado a cenar. O peor: estudiando. No, quita quita, me fío de mi intuición.

Se apagan las luces. No se ve nada salvo la insinuación de una figura esbelta y Americana. Una guitarra. Luz. Ahora sí; es un tío con el pelo a lo Robert Smith surfero, una camiseta negra pasada, una placa plateada, tejanos, botas, algún anillo y el tatuaje ocasional. Acababa de llegar, ni se había presentado e hizo esto llamado Let You Be:


Balazo en toda la frente. Barcelona capturada como un vulgar Pokemon por este gringo rubiales. Y lo del vídeo no es nada comparado con el estado en el que se encontraba Jameson el viernes pasado. Nos contó que estaba muy contento porque era la primera vez en tres semanas que veía el sol. Ni puta idea, pues sería el sol, que le había ayudado a encontrarse con las musas ese día. Pero yo lo estaba viendo y me parecía más bien como si, justo antes de salir al escenario, se le hubiera muerto la abuela, la madre, el padre, la hermana, el perro, el periquito y el iPod Classic, todo a la vez. "Hay mucha oscuridad ahí fuera. No oscuridad espiritual, sólo ausencia de luz", dijo. No he visto jamás a ningún intérprete sufrir tanto por su arte (con el permiso de Ty Taylor). Me lo hizo pasar francamente mal. "Sabes que lo estás haciendo bien cuando marcas el compás tan fuerte con el pie que se te sale la bota", rió. Sí, chaval, yo llegué de noche a mi casa, desesperada por encontrar más actuaciones tuyas, y creo que algo te pasó en Barcelona que no te había pasado hasta entonces. Lo que hiciste no era de este planeta, no me creo que fuera sólo por ver el sol.

Tocó cuatro temas más (BourbonSurpriseBreathe Your Last, éste con videoclip recién estrenado, y Remember). No estoy segura de si me alegré de que se fuera o si me hubiera gustado que se quedara toda la noche, pero me dejó con ganas de más. "Y éste es sólo el telonero...", comentaba una chica a mi lado.

Ahora, por favor, id a su bandcamp un ratito, sufrid por el amor irrealizable que se le derrama por todo el cuerpo a este delicado ser nacido en el sur de California y luego volvéis, que no he terminado. Ya habrá tiempo para indagar acerca de su parentesco con Jude Law, pedir su mano en sagrado matrimonio, hijos, etcétera etcétera, aunque siento tener que dejar constancia de que tiene novia y, según su cuenta de instagram, parece que la quiere bastante.

Al abandonarnos Jameson, el panorama era el siguiente: estaban a punto de traer el plato principal y ya íbamos a rebentar. Suena la canción de la banda sonora de Por un Puñado de Dólares (1964), esa del silbido que a todo el mundo le recuerda a western de Clint Eastwood. Primero aparece Michael Miley (batería), seguido de Dave Beste (bajo y Philip Seymour Hoffman resucitado, según algunos) y Scott Holiday (guitarra). La estrellita, Jay Buchanan, sale acompañada de un guitarrazo. Ruge la sala y me contagio del entusiasmo de los fans que se saben todas las letras. 

Sus pintas me satisfacen. Nada que llame particularmente la atención (excepto el anillo de león gigante de Holiday), pero son decentes; un rollito rockero vaquero, medio Amish medio Joe Perry, Americana actualizado a los tiempos del Urban Outfitters. En cambio Buchanan... Ole tú, Buchanan, ¡con un par! Todavía no había empezado a cantar y ya me había ganado. Un 10 en estilismo; por arriba, Johnny Depp clásico, con americana, camiseta de tirantes negra, unos cuantos colgantes/amuletos de maldito del rock y muchos anillos y brazaletes fabulosísimos. Por abajo, pantalón 5 tallas más grande que la suya, pata de elefante y tobillero, sujetado con tirantes, y unos monkstrap doble en los pies. ¡Matador! El pelo que se lo vuelva a dejar largo, eso sí, y cuanto antes mejor.

Me concentro: suficiente fashionsimo por ésta noche, es la hora del rock & roll. Disparan. Se trata de You Want To, que comienza proféticamente así:

OOOOOOOUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUHHHH!
YOU GOT ME RIGHT WHERE YOU WANT ME!

¿Cómo lo supieron? ¡Si nos acabábamos de conocer! De cualquier forma, era la pura verdad; nos tenían justo donde ellos querían, y les había llevado menos de 5 segundos conseguirlo. Los Rival Sons habían aterrizado en la sala Bikini barcelonesa, a eso de la 21:30 horas, y la habían dejado en ruinas de un solo OOOUUUUUUUUHHHHHH. Nos quedamos todos tiritando en conjunto, como una panda de huerfanitos melenudos. Teníamos frío y miedo. La noche era joven y sólo podía mejorar. Corrijo: teníamos frío y mucho miedo.

Y cuando digo que teníamos mucho miedo no lo digo por nada; acto seguido, nos asestaron una patada en la boca de título Pressure and Time. No sé ni cómo empezar a explicar lo que pasó cuando Miley, con la sonrisa de joker desencajada y los globos oculares a punto de salírseles de órbita, dio el baquetazo de salida inconfundible. Por suerte alguien grabó un vídeo de lo acontecido:


Tras el segundo tema (SÓLO ERA EL SEGUNDO, ¡POR DIOS!) ya daba la sensación de que se acababa el oxígeno y el suelo estaba fabricado con brasas del infierno. Pero los Rival Sons son auténticos pistoleros del más salvaje oeste, no nos iban a dar tregua. La musiquita del principio no la ponían por ponerla ni para hacerse los guays. Era más bien como una advertencia, un desafío a duelo.

Soltaron a la tercera fiera, Electric Man. Ese grito de guerra inicial cayó como scatting de una versión tirolesa de John Lee Hooker y dejó inconsciente a la mitad del público, que ni se enteró de lo que sucedió con el resto de la canción:


Los chavales de Long Beach, California, continuaron completando el terceto que abre su último álbum, Great Western Valkyrie, del cual extrajeron muy valientemente gran parte del repertorio de la noche. Good Luck, en su recién encontrada línea soulera, y Secret, una guarrada blusera en la tradición de los ZZ Top, se agradecieron como soplo de contemporaneidad y frescura (frescura para ser los Rival Sons, o como un día de julio en Sevilla a 30 grados; fresco para ser Sevilla). Me imagino a los Black Keys escuchándolos por primera vez mientras desayunan, café mañanero en mano, despeinados y con cara de "¿tío, por qué no hemos compuesto nosotros esto?".

Para cuando llegaron a Good Things creía que la cosa tenía que empezar a decaer porque sí, porque son las leyes de la física, y todo lo que sube demasiado, baja más pronto que tarde. Una lenta... ¡Uf, menos mal, se han rendido! Si es que... ¡Era demasiado bueno para ser cierto! 

Qué va, qué va...

Estos tíos venían decididos a cargarse a todo lo que cupiera en la Bikini, y así lo hicieron. Estrangulaban hasta con baladitas más bien ligeras, blue-eyed soul de corte british à la Mark Ronson, y con toque eclesiástico. Good Things es un plan maestro de nostalgia inmaculada, un arma conscientemente concebida para fusilar corazones y dejarlos como coladores.

En Manifest Destiny, Pt. 1 sí que estaba convencidisima de que los iba a cazar por fin. Era el primer tema que no recordaba haber escuchado nunca, y apestaba a paranoia rockero-mística interminable en plan Allman Brothers Band. "Hey cerebro, prepárate para echarte una siestecita, el guitarrista se va a poner a fardar", me dije. Pero no hubo manera... Con la piel de gallina cuesta conciliar el sueño mental.

La guitarra de Scott Holiday no es sobresalientemente inteligente. El tipo no es ningún Thomas Andersson, pero es más listo que el hambre, y a ratos es capaz de hacerte creer que sí. Es un Keith Richards con menos sensibilidad y más ostentación, menos corazón y más entrepierna. Es un francotirador de riffs, un oportunista melódico, poniendo notas en el momento y el lugar adecuados.

Por si alguien se había echado una cabezadita mental de verdad con Manifest DestinyTorture (perteneciente a su EP homónimo de 2011) vuelve a la carga. Estribillo mega coreable, con uhhh-uhhh-uh-uhhhh incluido, guitarras sucias y momento de silencio tenso en mitad de la canción; un bistec jugosito y sangriento para la jauría rockera. Sin embargo, con Rich and the Poor se produce una pequeña ruptura atmosférica; desaparecen los Rival Sons ledzeppelineros y aparecen unos Nick Cave & the Bad Seeds más cálidos que de costumbre. Se trataba de un tímido desafío al sector más ortodoxo del público, que al final concluyó en éxito.

Imposible no hacer mención, llegados a este punto, al teclista, Todd Ögren-Brooks, no sólo por regalarnos ese pedacito de Superstition de Stevie Wonder, sino por el look redondo que se gastaba, con sombrero de ala ancha, gafas de Elton John y barba trapezoidal. ¡Un mítico!

Luego vinieron Where I've Been, baladón rockero arquetípico, 5 minutos para que todos los tipos duros lloren a gusto, y Tell Me Something, de su álbum debut, Before the Fire (2009), que es ledzeppelinismo ancestral.




"¡BUCHANAN, CHÚPAMELA!", le grita un tío des del fondo. Pienso, "No, Buchanan, ¡caca! En tu boca sólo debería entrar sangre de vírgenes y cosas cocinadas por Ferran Adrià". Porque él, Jay Buchanan, no tiene una boca normal, sino un don cartilaginoso de Dios, una bomba de relojería con saliva y dientes, una máquina perfecta de vibrar, modular, subir, bajar, rasgar, romper, hacer dobles mortales, patear entrañas en el aire y caer de pie. Pensad en un Bunbury sin lo barroco, un Roger Daltrey sin lo histriónico, un Jim Morrison sin lo ampuloso o un Robert Plant sin lo insoportable. Al mismo tiempo, pensad en algo que no hayáis oído jamás, una garganta procedente de alguna recóndita e imprecisa galaxia pasada. Jay Buchanan suena a todo lo que ya hayáis escuchado antes y a todo lo que no habíais escuchado nunca.

"You lay on your back and the weak get weaker (Mientras tú te acuestas, los débiles se debilitan)" ¡BOOM! Trallazo de riff disparado por el amigo Holiday. "You could have been a doctor but at least you're not a preacher (Podrías haber sido médico pero al menos no eres un predicador)" ¡BOOOOM! Esto es Get What's Coming, y suena a despedida a lo bruto. El público lo presiente y se dispone a darlo todo por última vez, a clavarse la última katana. La Bikini se viene abajo por momentos. NO. No quiero que se acabe, no me quiero ir a casa tan temprano.

Pero se van...

No nos dirigieron la palabra en todo el concierto, salvo por algún thank you puntual. Aunque con la conexión eléctrica que se había construido desde ambos lados del escenario... ¿Quién necesitaba hablar? El ambiente era nitroglicerina pura, mejor no arriesgarse a hacerlo estallar con palabrería.

Cánticos de añoranza, corean su nombre ("¡Rival Sons, Rival Sons!") y se escuchan los típicos oeeeeeeee-oeee-oeee-oeeee. ¡Vuelven!

Todo el mundo sabía que iba a haber bis, nadie se quería ir a casa tan temprano. Podrían haber tocado hasta las cinco de la madrugada, que no se hubiera movido del sitio ni un alma. Además, se echaba en falta algún que otro hit. ¡Ni siquiera habían tocado el single del nuevo disco! Y ahí lo tenemos. ¡BAM! El maldito Open My Eyes te entraba solo y subía de los pies a la cabeza. Su estilo, como todo lo del Great Western Valkyrie, es marcadamente distinto al rock setentero con raíces de los anteriores trabajos de los Rival Sons. Algunos dicen que se han vendido un poco, pero puede que simplemente estén tanteando otros terrenos, ampliando horizontes, un ejercicio artístico admirable que los fans no suelen tomarse demasiado bien.

Con el tándem Sacred Tongue y Jordan se marcaron otro de los momentos más inspirados de la noche. Había entre el público muchos seguidores de Sons of Anarchy esperando escuchar el segundo tema, que forma parte de la banda sonora de la serie, y estoy convencida de que no los defraudaron en absoluto. Misticismo del bueno, el trance teatral en el que se hallaba sumido Buchanan llegó a su paroxismo. Se había esforzado mucho por hacernos creer que llevaba encima un colocón del quince, o bien que estaba poseído por el Espíritu Santo, como las negras que cantan en las misas góspel. Poniendo los ojos en blanco, tambaleándose como si se fuera a caer de espaldas... Y sin embargo era sospechosamente implacable en cada intervención vocal. Además, bebía todo el rato de una taza (sí, una TAZA, es la primera vez que veo una taza en un concierto de rock), y me parece que ni en su pueblo ni en ningún otro pueblo del mundo es tradición beber bourbon en tacita. Así que lo siento, Jay, no nos lo hemos tragado, pero ya nos va bien; es delicioso ver tus ataques epilépticos rockeros. ¡Cómo te gusta el drama, cómo sabes montar un espectáculo!

De repente, Keep On Swinging... Vaya, esto sí que sonaba a despedida por todo lo alto. Los Rival Sons habían puesto toda la carne en el asador y habían estado guisando a fuego candente sin parar. Lo dieron todo hasta el último segundo, ninguno de los cinco músicos sobre el escenario bajó la guardia ni para estornudar. Dave Beste no llamaba mucho la atención visualmente, pero a la hora de decir adiós había que agradecer su discreta contundencia al bajo y lo afiliado que estuvo en cada tema, especialmente en los lentos. Sin él, el espesor del sonido Rival Sons sería poco más que un quiero y no puedo. ¡Y qué decir de Michael Miley! Más o menos como ver a un Keith Moon resucitado, pero sin el componente de imbecilidad y bastante más comprometido con su labor. Un showman para los oídos y para la vista.

Se colocan los seis al borde del escenario, Jameson incluido, y hacen una reverencia para decirnos adiós. Casi no puedo creerlo, no quería irme de ninguna de las maneras, no hubiera puesto impedimento alguno en que aquel concierto se eternizara, literalmente. Estos californianos feúchos me habían volado la cabeza en mil pedazos, y ahora no sabía por dónde empezar a recomponérmela. Llevo todo el fin de semana dando tumbos por mi casa, intentando asimilar que aquella noche tocó techo y que, seguramente, no volverá a repetirse hasta dentro de bastante tiempo. No me hace falta ver ni a la mitad de las bandas de rock activas hoy en el planeta Tierra, lo tengo clarísimo; afirmo que estos tíos se llevan medalla al directo más tajante de los últimos años. Profesionalidad, espectáculo, dramatismo, pasión, talento natural, garra, precisión, incombustibilidad... Una constelación de adjetivos tan abrumadora como inusual. No se le puede pedir más al rock & roll.

Lo admito: estoy escribiendo esto bajo los efectos del trance de los Rival Sons, no toco con los pies en el suelo ni distingo realidad de ficción, es posible que mi criterio musical en estos instantes no valga nada. Pero ni se os ocurra intentar bajarme de aquí arriba. Si lo hubierais vivido, ahora estaríais también aquí arriba, levitando conmigo.

Mike Miley y Jay "Chúpamela" Buchanan haciendo espiritismo con una pandereta. Fotografía de Jose Figueres.

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No tengo intención de convertir en costumbre esto de lamentar la muerte de algún rockero clásico al final de cada post, pero parece ser que, esta semana, había alguien ahí arriba que estaba aburrido de ver siempre las mismas caras. Ian McLagan, Mac para los amigos (y para Ronnie Wood también) falleció el miércoles pasado, un día después de que lo hiciera Bobby Keys. (Sobretodo) como teclista parecía inofensivo, pero sólo lo parecía; sus pianos y sus órganos no eran ni mucho menos invasivos, y aun así había algo en su manera de tocar, una sutileza con mucho carácter, que decía que Ian había pasado por allí. Bob Dylan, Bruce Springsteen, Bonnie Raitt, y huelga decir Rod Stewart, Rolling Stones, Small Faces y Faces, le deben unos cuantos favores al bueno de Mac. 

Pues nos quedamos sin gira reunión de los Faces, hay que joderse...


Y, como he dicho, me niego a tener que acabar todas las entradas con un mini obituario, así que oíd, músicos que ayudasteis a definir el sonido del rock & roll de los sesenta y setenta en la sombra: PARAD DE MORIR. YA. ES UNA ORDEN. 


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