SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR MIND DO THE TALKING

23/1/15

FILM: Whiplash, un jazz mecánico para soldados con trompeta


Terence Fletcher (J. K. Simmons) matando reclutas en un “””conservatorio”””. Via redeye
El otro día volvía a casa de ver Whiplash (2014), ópera prima número 2 del guionista y director Damien Chazelle, un drama """musical""" protagonizado por Miles Teller y J. K. Simmons que, a estas horas, ya acapara un par de galardones del Festival de Sundance 2014, cinco nominaciones a los Óscar, otras cinco a los BAFTA, Globos de Oro y un porrón de premios, honores y elogios de asociaciones cinematográficas de casi todos los estados de la Norteamérica yankee.


Mi Santa Madre ha soñado dos veces con esta película desde que la fue a ver el sábado a su cine más cercano. Mi Madre es ese tipo de persona que hace listas mentales de actores favoritos por generaciones (generación Cary Grant, generación Marlon Brando, generación Al Pacino, generación George Clooney...), así que me dije a mí misma que bueno, que iría a enterarme de qué iba este follón de Whiplash. Al llegar me preguntó que qué me había parecido. Una hora de discusión después, y tras percibir que estaba a un "pero" de distancia de convertirme en desheredada, opté por una retirada a tiempo.

Lo que pasaba es que mi Madre está con los del Rotten Tomatoes, que quieren duchar con Óscars a Chazelle. Yo estoy con los cuatro esnobs amargados que saben que a Charlie Parker lo llamaban Bird porque le chiflaba el pollo frito (yardbird es la palabra utilizada en los estados sureños para llamar al pollo) y que Whiplash hace un flaquísimo favor a la percepción mainstream del jazz. Es evidente que el film no pretende erigirse como tratado de musicología novelado, a la manera de obras maestras del cine jazzero tipo Round Midnight (1986); el jazz aquí no es más que un pretexto refinado, cuyo único cometido artístico consiste en contar la vieja historia de un entrenamiento militar para piji-bohemios (no por nada algunos la han apodado "Full Metal Juilliard"). Aún así, ningún fin debería justificar cualquier medio, y mucho menos uno tan vagamente trazado y confuso como es el desenlace de Whiplash; no todo vale en el nombre de la vistosidad cinematográfica, ni la intensidad debe prevalecer sobre la credibilidad a toda costa. No quisiera ponerme en plan Kim Jong-un, pero vamos... Atrincherarse reiterada e impunemente tras la barrera comodín del "es sólo una película" puede acabar convirtiendo el séptimo arte en un peligroso coladero de falacias muy "vistosas" e "intensas".

Así pues, si sois del club de amigos del Rotten Tomatoes y Whiplash os ha parecido tan chupi-fantástica como a los chupi-críticos de la calle de la piruleta que van regalando calificativos golosos para decorar su póster promocional, os recomiendo que paréis de leer y bajéis al quiosco a compraros la Fotogramas. Parafraseando al cabrón adulterado del profesor Terence Fletcher (Simmons), y resumiendo el contenido de lo que podríais encontraros a continuación, no hay pareja de palabras más desacertada para dedicar a esta película que "buen trabajo".

Las líneas maestras de la trama vendrían a ser las siguientes: Andrew Neiman (Teller), joven aspirante a uno-de-los-mejores-baterías-de-la-historia, estudia en Shaffer, el ficticio mejor conservatorio de Nueva York (y por ende, del mundo), donde llama la atención del profesor Terence Fletcher (Simmons), un tirano venudo que se cree que no necesita presentaciones. Abanderado de la """noble""" misión vitalicia (que, al final de la cinta, se aparecerá como ni tan noble ni tan vocacional) de descubrir al próximo Charlie Parker, Fletcher hundirá al tontuno engreído de Neiman en una espiral de sacrificio insano, entrenamiento 24/7 y maltrato físico y psicológico, con el único objetivo de amoldarlo a su enfermizo ideal de supremacía interpretativa.

Andrew Neiman (Miles Teller) y Terence Fletcher (J. K. Simmons). Via New York Post
A bote pronto suena... ¿bien? Muy americano y muy trillado todo. Digamos que no mata. Nadie pierde el culo por descubrir una película con semejante sinopsis; hace falta un aval mínimo de cinco nominaciones de la Academia para animarse. Sobre el guión se puede hablar en los mismos términos; correcto, interesantillo, de sastrería indie, con sus luces (verosimilitud a parte, que levante la mano el que no se ha relamido viendo a J. K. Simmons torturar a Miles Teller como a un bicho peleón) y sus sombras (¿era necesario introducir un personaje entero (la chica que vende palomitas en el cine (Melissa Benoist) y cargárselo antes de saber qué pintaba allí, sólo para simbolizar la automartirización del genius-in-progress en favor de sus aspiraciones de grandeza?) pero, en definitiva, nada nuevo bajo el sol. Es posible que su mayor logro sea, precisamente, tomar una premisa tan endeble como excusa para convertir el pulso enviciado entre un profesor y su alumno en algo que se sostiene con dignidad.

Las interpretaciones van a parte, en esto no hay forma de contradecir a los chupi-críticos; Miles Teller es toda una promesa, un puto crack haciendo ver que toca la batería like a pro (no seré esnob hasta el extremo de pretender que me di cuenta de que era una habilidad fingida, pero resulta que para los bateristas de verdad es bastante evidente), toma con maestría las riendas de un personaje un tanto bipolar, que pivota entre la pusilanimidad y la determinación con antagónica fluidez. A J. K. Simmons ya le han dado hasta Globo de Oro, así que algo habrá hecho bien. Los fans de los Coen le tenían cariño desde hacía tiempo, pero Whiplash ha sido indiscutiblemente su hora y 43 minutos de gloria. Por otro lado, su aproximación puede resultar a ratos caricaturesca. No está claro que haya sido la más pertinente dado el contexto; ¿un calvo cachas que suelta cinco tacos en una frase de seis palabras (y todavía le sobra para acordarse de tu madre y de tus ancestros judíos) en la cúspide de las élites finolis del jazz academicista? Mmhh... No sé... Si se cerraban los ojos, más parecía que se estaba en el vestuario de algún equipo de rugby en lugar de en una clase de música. Pero qué más dará, ¿no? Los malotes insaciables son carne de aclamación crítica desde que el mundo es mundo, y Simmons ha aprovechado la oportunidad inmejorablemente.

Pues eso. Via circusa.com
Y el plato fuerte de Whiplash es la tensión, sin lugar a dudas. Capta la atención del espectador de principio a fin, es fascinantemente dinámica e intensa (en detrimento de lo que haga falta), y el uso de la iluminación es remarcable, descriptivo y siempre acertado. La escena final es el mejor ejemplo de todo ello, apoteósica e impepinable, sea lo que sea (porque no se sabe lo que es, como apuntaba al principio de esta entrada): a algunos les puede parecer un último delirio desesperado del pobre Neiman y una mirada de redención para su profesor; a otros, un triunfo de la rebelión sobre la sumisión, del bien sobre el mal. Pero la mayoría puede haber salido de la sala del cine creyendo que la práctica hace la perfección, que el genio se hace, no se nace, y que el sadismo es la herramienta última para la consecución del éxito. ¡Ay, qué tontería más grande! Chazelle no es consciente de lo perversa y pueril que puede llegar a resultar la mera insinuación de que la genialidad está reñida con la humanidad y el azar.

A parte de todo esto... ¿Y el jazz? ¿Es que nadie va a pensar en el jazz? Damien Chazelle no mucho, por lo visto, y cuando lo ha hecho ha sido de forma flagrantemente oportunista. Sin profundizar demasiado, por ejemplo, con la anécdota del címbalo a la cabeza de Charlie Parker; según Whiplash, durante una jam session, Jo Jones, mítico batería de la Count Basie Orchestra, lanzó un platillo al careto sudado de Parker porque llevaba un rato desafinando y ya estaba un poco hasta los cojones. Tras el suceso, the Bird tuvo una revelación mística que le empujó a encerrarse monásticamente a practicar con su instrumento. Un año después, reapareció en otra jam session y, según cuentan, sopló el puto solo más maravilloso de su vida, todo gracias al platillazo de Jones.

Mmhh... A ver, Chazelle... ¿Te crees que nadie lee libros o ve pelis o algo? ¿Que nadie ha visto Bird (1988)? ¿Que nadie se ha leído Bird Lives (1973)? ¿Hace falta tergiversar la historia para excusar al cínico salvaje de tu profesor Fletcher? Nadie tiró nada a la cabeza de Charlie Parker, sino al suelo. Charlie Parker no desafinaba; Charlie Parker estaba divagando con su saxofón como buen portento musical y egomaníaco que era, tendencia que, comprensiblemente, puede levantar crispaciones en el contexto de una banda. Charlie Parker tomó nota de la llamada de atención de Jones, sí, y tardó un año en volver a ofrecer un despliegue de talento memorable, también, pero no por haberse encerrado en su cuarto a probar cuánto podía aguantar soplando antes de empezar a escupir sangre. Charlie Parker se dedicó a tocar, comer, pensar y respirar música, a escuchar a otros grandes, a actuar regularmente, a estudiar y a practicar, por supuesto, pero no por resquemor o avaricia, sino por amor y avidez. Las moralejas que se destilan de una versión y otra de la anécdota son, pues, terroríficamente dispares.

Luego está lo de utilizar ni más ni menos que a Buddy Rich y Charlie Parker como referencias absolutas de un batería de conservatorio que se cree que el jazz es una competición para velocistas. ¡Buddy Rich! Lo buscas en la Wikipedia y lo primero que te cuentan de él es que se jactaba de NO PRACTICAR NUNCA, de tener un talento natural desde la tierna edad de 0 años y de desenfundar la batería única y exclusivamente para actuar. Y Charlie Parker... Bueno, digamos que Charlie Parker era el tipo de músico al que le gustaba que le chuparan la polla en los taxis mientras comía pollo frito (según contó un tal Miles Davis en su autobiografía). No es que no practicara nunca, pero... Tampoco daba la imagen de adalid de la disciplina y el estoicismo, ¿no?

A estas alturas da un poco de pereza tener que andar desmintiendo la gran trola hollywoodiense del sueño americano; por muy crudo y desalentador que suene, la grandeza no es consecuencia directa e inequívoca de un esfuerzo particularmente descomunal. Puede ser un instrumento potenciador y perfilador de incalculable valor, pero no es ni siquiera imprescindible. Lo siento, chic@s, así es la vida.

Al final, si todo el rollo del jazz os la trae al pairo, es posible que Whiplash os haya parecido tan chupi-guay como a los chupi-críticos mencionados un poco más arriba. Nada que reprochar, mejor para vosotros; es cierto que no era necesario saber nada de música para apreciarla, y habréis podido disfrutar de ella sin tener que perderos en tecnicismos historicistas. Es más; parece ser que su deleite es indirectamente proporcional al nivel de devoción jazzera del espectador. Pero por si acaso, para lo que pueda serviros en un futuro, sabed que en Whiplash no aparece el jazz ni de refilón; los chavales del prestigioso conservatorio ficticio de Shaffer se forman para convertirse en autómatas, ejecutores perfectos de estándares. Y no hay nada, NADA en el universo más contrario al espíritu de esto a lo que mal llaman la música clásica de América. Porque, ¿qué coño es el jazz, entonces? Pues ni puta idea, la verdad, dudo que exista alguien que ose definirlo con exactitud. Lo que está claro es que el jazz no es sangrar por las manos, ni tocar más rápido que nadie ni entrar siempre a tiempo. El jazz poco tiene que ver con todo eso, el jazz es más como... El jazz es...

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Referencias:

Getting Jazz right in the movies. Richard Brody (The New Yorker)
What Whiplash Gets Wrong About Genius, Work, and the Charlie Parker Myth. Forrest Wickman (Slate)
Whiplash: A jazz movie that has nothing to do with jazz. J. R. Jones (Chicago Reader)
Whiplash: Tale of tyrannical band director veers toward ridiculous. John Beifuss (The Commercial Appeal)
You Can't Teach Genius, No Matter What Whiplash Thinks. David Thomson (New Republic)

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Cambiando de tema, long live A$AP Yams.






27/12/14

FILM: Get On Up (I Feel Good), cuando suena el groove, sabes que te tiene




James Brown (Chadwick Boseman) en el biopic de Tate Taylor Get On Up (2014), desde el 12 de diciembre en cines. Via Los Angeles Times

Tal día como anteayer hace ocho años, una neumonía mató al funk. ¿A caso pretendía esa neumonía ser recordada para la posteridad como la neumonía que mató al funk? Parece poco probable... Iría a darle un susto y se le fue de las manos... Mucho menos en Navidad. ¿Quién querría matar al funk el día de Navidad? Pues nadie. Y sin embargo lo hizo, la muy hija de puta lo mató. Desde entonces, ya veis... ¿Dónde está el funk? Dicen por ahí que en casa de una hija suya, momificado. Unos lo llamaban funk, otros "negrura sin remordimientos" y algunos simplemente lo llamaban James Brown. Se desconoce el paradero exacto de su cuerpo sin vida, pero no cabe duda de que dejó de existir a finales de 2006; no se le ha vuelto a ver el groove desde entonces.


El 23 de diciembre, una fecha particularmente conmemorativa para desplazarse hasta su cine más cercano y ver Get On Up (2014). Particularmente conmemorativa si se es particularmente mitómano o particularmente morboso, ya que un 23 de diciembre de hace 8 años, el señor Brown asistía a su cita con el dentista ostensiblemente enfermo. Al día siguiente lo ingresaban de urgencia en un hospital de Atlanta, Georgia, y al otro vino Santa Claus y se lo llevó de regalo, para variar.


Como aquí en el reino de España somos todos un poco plebeyos, nos han traducido el Get On Up original, ese con el que Bobby Byrd contestaba a los get uppa del señor Brown, por un mucho más mainstream I Feel Good - La historia de James Brown, para ver si así alguien pillaba algo e iba a ver la película. Dirigida por Tate Taylor (Criadas y Señoras (2011) y coproducida por Mick Jagger, Brian Grazer y sus respectivas productoras, Get On Up cuenta las múltiples vidas, todas ellas arraigadas en el mismo instinto de autosuperación, de James Brown, también conocido por apodos más modestos como The Godfather of Soul, Soul Brother Number One, Mr. Dynamite, Mr. Please Please Please, Sex Machine, The Hardest Working Man in Show Business, The King of Funk o The Minister of the New New Super Heavy Funk. 

A un (hasta ahora) prácticamente desconocido Chadwick Boseman, alias "Hola-Jamie-Foxx-quiero-tu-Oscar", se le encomienda la ardua tarea de resucitar a todos los James Browns que fueron muriendo y renaciendo de entre sus propias cenizas, a lo largo de una carrera artística extendida durante más de sesenta años. Y es que es así como el director quiere mostrarnos el sueño americano del Padrino del Soul; descuartizado en varias personalidades, esparcidas cada una de ellas por las dos horas y veinte minutos de largometraje y sin ningún criterio salvo la rítmica. Get On Up se esfuerza con ahínco por no ser el típico biopic que viaja del punto N(acimiento) al punto M(uerte) sobre raíles cronológicos: no hay arboles que pasan por las cuatro estaciones en menos de 15 segundos, ni ráfagas con titulares de periódico sucediéndose uno tras otro. Es éste encomiable intento de alejarse de los clichés biográficos lo que lo convierte, por contrapartida, en un film argumentalmente difícil de seguir. Y subrayo argumentalmente porque el disfrute emocional está ahí pase lo que pase, es constante e inamovible, como el groove

La banda sonora es un 11 de principio a fin, suena casi a insulto a la inteligencia del espectador tener que constatarlo; cualquier escena remotamente musical es oro de la historia afroamericana, desde el góspel que canta el señor Brown padre acompañando un frugal plato de garbanzos hasta el Kind-Hearted Woman de Robert Johnson que ilumina el reencuentro con la madre en el camerino del teatro Apolo, pasando por todas las performances evangelísticas de Boseman. Si habéis visto el T.A.M.I Show como 17 veces, es muy probable que la mítica actuación en la que Mister Dinamita tuvo que rebajarse a calentar al personal para los Rolling Stones (¿Los Rolling qué?) os parezca totalmente desinflada en comparación con lo que aconteció realmente, sobretodo sucediendo a la inusual y arriesgadísima carta de presentación de la película (se abre el telón y aparece un James Brown sexagenario, con chandal verde jade y escopeta en mano, amenazando a una rubia que se acaba de aliviar en SU cuarto de baño. No digo más). Si no lo habéis visto nunca, os parecerá tan pletórica como las demás, porque el tal Chadwick Boseman está insultantemente deslumbrante en todas sin excepción. Si tuviera que quedarme con una sola, posiblemente escogería la rendición del Caldonia de Louis Jordan que se marcaron él y sus recién nacidos Famous Flames, aprovechando que Little Richard se había ido a mear.


Sus aires de superioridad inagotables, el pavoneo al andar (I like 'em boss, I like 'em proud), su expresión facial, la manera jamesbrowniana de adelantar la mandíbula inferior, los tocados, los trajes (terciopelo embutido combinado con sudor funk. James Brown icono de estilo YA)... Y qué decir de los pasos de baile... El mashed potatoes, el boogaloo, el camel walk, el popcorn... ¡Los clava todos! Apostaría algo a que se levantó y se acostó con este vídeo de fondo durante los dos meses de ensayo previos al rodaje (efectivamente, lo consiguió en tan sólo dos meses). Pero todo esto palidece al lado de la voz y el acento sureño de Brown, ese drawl ininteligible y aguardientado de cantar canciones del sur junto a la hoguera en una noche de verano. Contaban sus compañeros de set que Boseman no se liberaba del personaje ni para comer; si te sentabas a zamparte el sándwich con él, te estabas sentando a almorzar con James Brown. Es posible que la cinta tenga sus deficiencias internas, pero Chadwick-Boseman-barra-James-Brown-reencarnado consigue que el espectador se plantee incluso pasarlas todas por alto.

La cadencia de Get On Up, la forma en que las secuencias se pisan unas a otras espontáneamente es intensa y vigorizante. No queda claro si esto es mérito del director o de la jugosidad cinematográfica proporcionada por la materia prima; la vida y obra de James Brown, una figura venenosamente compleja que, sin duda, hubo de pagar el precio por estar en los más alto, incluso antes de que le correspondiera. Taylor está excesivamente ocupado mandando un mensaje muy contundente a lo largo de la película: va a tratar de introducir nuevas reglas en el juego del biopic. Desafortunadamente y cegado por su afán renovador, se ha olvidado un poco de lo primordial, que es contar una historia. Ha de reconocerse, eso sí, que la ambición del proyecto ya era de por sí descomunal, hasta el punto de que cuesta imaginarse un resultado igual de brillante y que, al mismo tiempo, consiga abarcar todo lo que abarca Get On Up a su manera de secuencia de imágenes épicas (no siempre eficaces al 100%). Los ratos en los que Boseman/ Brown se desentiende del proceder de su vida para dirigirse directamente al espectador como una voz en off con cara destacan por lo acertado, refrescante y divertido; si se es entendido o aficionado a los intríngulis maquiavélicos del show business, además, se habrá disfrutado muy especialmente de las deliciosas escenas en las que el Rey del Funk hace ostentación de sus innovadoras e inteligentísimas tácticas empresariales (I am the show. I wanna be the business, too).

James Brown (Chadwick Boseman) y Bobby Byrd (Nelsan Ellis) a punto de marcar un antes y un después en sus carreras. Via lifeantimes.com
Y de lo que cojea el guión va sobradísimo el elenco: Dan Aykroyd, Viola Davis, Octavia Spencer... Casi todos en papeles más bien modestos, pero abrumadores como si se hubieran pasado los 140 minutos en pantalla. Por otro lado, sorprende ingratamente la escasa repercusión crítica que parece haber tenido el papel de Nelsan Ellis como el admirable Bobby Byrd. Si James Brown era el funk, Bobby Byrd era su groove, su constante y su bastón, la mecha que hacía saltar todo por los aires. Siempre estuvo ahí detrás, en segundo plano, pasando desapercibido, pero en cuanto se marchaba... ¡Vaya, entonces todo el mundo echaba de menos al groove! Mientras Boseman resulta más y más fabulosamente despreciable a medida que avanza la cinta, Ellis enamora y se ensalza minuto a minuto. Nadie como él para colocarse la aureola sobre la cabeza y predicar la convicción indoblegable y la pureza de espíritu del santo Mister Byrd. Si le hubieran dado un par más de clases de baile, Ellis se lo hubiera puesto bastante más complicado al protagonista.


Así que entonces, con todas sus virtudes y defectos, ¿es posible afirmar que Get On Up es la biografía cinematográfica definitiva de James Brown? Ni de broma, ni en un millón de años. ¿Sería posible, pues,  conseguir un homenaje mejorado de la vida del Hermano Soul Número 1? Ni de broma, ni en un millón de años. ¿Get On Up apenas saca un 40% del jugo potencialmente exprimible al personaje del señor Brown? Muy cierto. ¿Cabe la posibilidad de que, en un futuro próximo, nazcan un director y un actor protagonista superdotados capaces de encapsular con mayor acierto la trayectoria vital de uno de los mayores iconos de la música pop del siglo XX en menos de 17 horas? Altamente improbable. ¿Disminuye por ello su mérito o su recomendabilidad? En absoluto.

Para que nos entendamos: si te gusta la música en el más mínimo grado, no pierdas la ocasión de ver Get On Up. Al fin y al cabo, y como dice mi amigo Pharrell Williams, lo único imprescindible es el groove, y de eso en ésta película lo hay de sobras. En cuanto empiece a sonar, sabrás que te tiene.



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Y hablando de cantantes con voz aguardientá, como dice mi abuelo... Ni caso. Ordené a las estrellas de rock de mediano-bajo perfil público que dejaran de morir. Ahora tú, Joe Cocker, justo ahora que me estaba enganchando al With a Little Help from My Friends (1969). Dicen que es que bebías, fumabas, te drogabas y tratabas muy mal a tu cuerpo en general, pero Iggy Pop más de lo mismo, y Keith Richards igual, y sin embargo míralo, el pasado 18 cumplió 71... Don't Let Me Be Misunderstood, pero los caminos del Señor son inescrutables. Fuiste de los primeros blancos en molar por cantar como un negro (pero como un negro de verdad, no lo que hacía Dusty Springfield). Generaciones venideras te recordarán como el tipo que versionó a todos los peces gordos del pop y convirtió las originales en un maqueta inacabada, una nota a pie de página de tus rendiciones. La manera en que redujiste a cenizas el With A Little Help From My Friends de los Beatles (ya más de tu propiedad que de los propios Fab Four) quedará grabada en la memoria colectiva del siglo XX para siempre. Por la parte stoniana que me toca, me despido de ti con una de las mejores versiones (¡cómo no!) del Honky Tonk Woman que se hayan registrado.



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