SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR MIND DO THE TALKING

30/6/15

MUSIC: The Chemical Brothers en el Sónar 2015: their finger is on the button

Just remember to fall in love, there's nothing else. The Chemical Brothers inauguran el pasado 18 de junio en L'Hospitalet de 
Llobregat el Sónar 2015. Suena Swoon. Via Getty Images
Siempre había pensado que, si la historia de la música popular del siglo XX fuera una enorme y suculenta a la par que ecléctica pizza hawaiana, la electronica sería los bordes. Esto es, una mierda que viene después de todo lo bueno y que sólo les gusta a los tontos o directamente a la gente que esnifa pegamento porque su madre lo abandonó entre dos containers al nacer.

La inquietud existencial y cambio de paradigma vital surgen cuando, no sé cómo ni por qué, me lían me lían y acabo en el concierto inaugural del Sónar 2015 barcelonés, que éste bendito año de nuestro Señor oficiaban the Chemical Brothers, ni más ni menos que los abuelos, padres, hijos, espíritus santos y primos de Zumosol del big beat. Y esto no es lo malo. Lo verdaderamente preocupante es lo tremendamente bueno que me pareció. No esnifo pegamento, y todo el mundo dice que soy clavadita a mi madre, así que no sé cuál puede ser mi problema. Lo que sí me quedó muy claro tras aquella noche fue que la exposición prolongada a un medley de house industrial, casi tan antipático como hipnótico, que no para de decir doesn't. Matter. Doesn't. Matter. Doesn't. Matter. consigue que todo, absolutamente todo, te importe, al menos momentáneamente, una ingente y bellísima cantidad de nada.

Lo de que no sé cómo ni por qué acabé en el inaugural del Sónar es una licencia literaria, evidentemente, aunque no deja de resultar paradójico que una abstemia y un bebedor social consigan entradas para un concierto patrocinado por Estrella Damm. Hashtag Oh the irony. Muy agradecida, Sociedad Anónima Damm, si alguna vez decido darme a la bebida, te devolveré el detalle.

En cuanto atravieso las puertas de la Fira Gran Via, pienso entre sollozos en lo atronadora y retumbantemente bien que se va a oír allí a A$AP ROCKY al día siguiente. La reputación y buena fama del Sónar es, concluyo, completamente merecida. Hace unos cuantos minutos que había dado comienzo la sesión del telonero Wooky con visuales de Videocratz, presentando para los suertudos de la noche su atrapador largo Montjuïc (2014), y los cimientos temblaban desde lejos. El Sónar es, en definitiva, una gran freidora de neuronas sin conservantes, colorantes ni efectos secundarios, y todo el mundo sabe que cualquier cosa que se fríe, sabe mejor. Las neuronas no iban a ser una excepción.

Pasadas las 21h, Wooky y Videocratz abandonan el escenario y dejan a 14000 invitados solos, aburridos y sudando como pollos en colectividad. 14000 exponentes de la audiencia más ecléctica y relajada que yo haya visto hasta la fecha. Supongo que, para lo que hay que ver (dos tipos simpáticos pero feos tocando botones), no hace falta matarse por un puesto en la primera fila.

Una hora más un cuarto de retraso esperando a los hermanos químicos, sin otra animación que el refunfuñar del gentío en modo llamada de espera. Familia nunca han sido, e intuyo que no escarcean con la química desde los buenos tiempos de The Haçienda, cuando Reino Unido retomó las riendas de la contrafiestura contracultura musical y Manchester era la capital hedonista del globo terráqueo, escrito con 'd' de MADchester. Muy en las antípodas de aquellas épocas de pastillitas felices y fosforito, Tom Rowlands, mitad con gafas de los Brothers, vive con su esposa y tres hijos en una granja en Sussex, Inglaterra, mientras Ed Simmons vaga por Notting Hill en su Londres natal, intentando esquivar los fantasmas de su trágica y rota relación con Lily Allen.

Y se dignan a salir, ¡por fin! La entrada no puede ser menos original ni más abrumadoramente efectiva: Hey girls/ Hey boys/ Superstar DJs/ Here we go! Pues eso. ¡Allá vamos!


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Soy una turista confesa de la electronica. Al igual que los especímenes abonados a la chancla con calcetín que entran en el B.B. King Club de Nueva York para mancillarlo y oír cualquier versión cutre del The Thrill is Gone o el Sweet Home Chicago, yo también quería vivir un revival de clichés manidos de lo mejor de la escena electro pre-britpop de los 1990; un poco house, un poco acid, muy big beat, rayos láser, neón, lucecitas, gente bailando de pena y puro vacío intelectual o espiritual, sólo apelaciones directas a las entrañas vía infrasonidos. Huelga decir que los Chemical Brothers proveieron por encima de las espectativas de cualquier fan casual asistente (únicamente faltó Salmon Dance para tener el greatest hits en directo definitivo. ¡Casi!).

Mientras entraban en una infalible EML Ritual, una de las novedades del Born in the Echoes, que será el octavo álbum de estudio de su carrera y verá la luz el próximo 17 de julio, me fijo en que el rubio con gafas se parece al de las fotos de internet, pero el otro no, no se parece mucho. Llego de madrugada a casa, lo busco en San Google y ¡ahhh!; se ve que Ed Simmons decidió no salir de gira éste año para concentrarse en la persecución de aspiraciones académicas, y lo sustituye Adam Smith, director, realizador y artista visual que viene colaborando con el dúo londinense desde sus comienzos. Es una pequeña carencia con la que habré de vivir: sólo he visto a un 50% de los Chemical Brothers en directo.

Nacidos en Londres pero hermanados en Manchester, mientras hacían ver que estudiaban historia medieval en la universidad de allí, su longevidad no es comparable a la de los Rolling Stones, aunque sí superior a la de la mayoría de matrimonios, tanto románticos como musicales. Se hacían llamar Dust Brothers, en honor al dúo productivo famoso por su trabajo con los Beastie Boys (con la llegada de la fama tuvieron que pasarse al apellido Chemical para no confundir al personal), y debutaron como DJs residentes en el influyente Heavenly Sunday Social Club de Londres, frecuentado por la realeza brit de la época (los hermanos Gallagher, Paul Weller, Tim Burgess...). Poco después lanzarían Exit Planet Dust (1995), su presentación en sociedad, hito y referencia de la psicodelia rock/hip hop/electronica por los siglos de los siglos, techno para fans del rock que, casualmente, cumplió 20 años el pasado 26 de este mes. Dos años después sacaron el Dig Your Own Hole (1997), último clavo en el ataúd de la electronica conocida hasta entonces y, algunos dicen, el mejor trabajo de los Chems. A partir de dicho momento, la música vacua y sin pretensiones de trascendencia dejó de estar mal considerada para pasar a ser el hedonismo nuestro de cada día. La grandilocuencia, historicismo, consciencia y espíritu tribal de aquellos que se abanderaban en el rock & roll eran ya cursilerías, quimeras para un par de inocentones melenudos que se habían creído la basura del Woodstock 99. La juventud de los noventa necesitaba música para el ahora, para las vísceras y para ellos mismos, nada más, sin repercusiones mentales ni ataduras emocionales; había nacido la masturbación sonora

El resto es historia de la electronica y del pop, una historia plagada de pelotazos rompepistas cosechados religiosamente a base de artesanía y devoción por lo bien hecho, manteniendo ininterrumpidamente la dignidad y discreción mediática que caracteriza a los Chemical Brothers; es posible incluso que, alguna vez, te los hayas cruzado por la calle sin percatarte siquiera de que pasabas de largo a los dos señores que inventaron la fórmula por la que sales de rave cada fin de semana. Si los Chemical Brothers están hoy donde están dentro de su sector, no es por otra cosa que por su talento, perseverancia y saber hacer. Donde The Prodigy y Fatboy Slim se van pasando y caricaturizando con el paso del tiempo, the Chemical Brothers se refrescan; tomad éste Music: Response y tratad de negar la mayor. 

De lo que hicieron en el concierto inaugural del Sónar en sí no sé muy bien qué decir salvo que fue un fiestón del copón con la colección de peña más variopinta y buenrollista de Cataluña y extrarradio; abuelitas de 60 para arriba, pacones, modernos y modernis, barbudos, hippie colgaos, frikis, clubbers profesionales y por vocación, grupos de amigas chillonas y, en general, puretismo y seres humanos encantados de estar allí por no estar en cualquier otra parte. Había espacio de sobra para que cada cual bailara y se montara sus propias paranoias de brazos y piernas, y aún así, la sensación térmica era de 80 grados centígrados. Un infierno fatal y divertido.

La sucesión de temas fue soberbia e inmejorable, obvia sin dejar de ser muy inteligente, y con visuales e iluminación de acompañamiento clásicos, aunque sin dejar de ser inquietantes; esa habilidad tan progre, pedante y noventera de entrelazar canciones y convertirlas en una masa intangible gigante, emborronando los límites de los comienzos y los finales. ¡Qué manera de morir de rabia con esa pinceladita de no más de 30 segundos del Do It Again! Supongo que le deben haber pillado manía por culpa del anuncio...

Go, el primer single del nuevo álbum y con videoclip dirigido por Michel Gondry (¡Olvídate de Mí! (2004), sonó a cóctel Molotov para ingerir por vía auricular, seguido del contraste cadente de los neo-hippies Swoon y Star Guitar. Luego vino la última de las tres novedades de la noche, Sometimes I Feel So Deserted, un quema-neuronas de manual, y para postres, Chemical Beats, orígen de los orígenes, y apoteósico medley con la mítica Setting Sun de por medio, Noel Gallagher a la voz y tan perturbador como siempre. Saturate, Elektrobank (¡ojito con la Sofia Coppola en el clip!), Believe, The Sunshine Underground, Under the Influence, The Test... Un crescendo tremendista para acabar explotando con metralla asesina en Galvanize. Suele ser interesante señalar los picos energéticos de cada concierto, pero lo que aconteció durante éste Galvanize fue el Everest de todos los picos energéticos. ¡VENGA CEREBROS, NOS VEMOS A LA SALIDA!

Intentaron finiquitar el asunto con el cañonazo Block Rockin' Beats, pero nadie haba tenido suficiente, así que se vieron obligados a dar un poco más de The Private Psychedelic Reel, y luego ya dejar que Dosem, promesa catalana de la electronica autóctona, tuviera su momento de gloria y recogiera lo que fuera que hubiesen dejado en pie los hermanos.

Lo que hicieron The Chemical Brothers en la Fira Gran Via el pasado jueves 18 de junio no tiene otro nombre que, en resumen, obsceno despliegue de hedonismo musical y onanismo practicado en manada. Y todo porque sí, porque la vida moderna transforma las ciudades en selvas de hormigón, y a los seres lampiños que las habitan en adictos al Prozac que lloran cuando se quedan sin Mikado en el súper. El millennialismo como modus vivendi generacional convertido en ruido: un derecho de procedencia casi divina al placer constante, palpitante, extático y, cuanto más ilógicamente merecido, mejor. Substituir la desorientación existencial por mantras de una noche, breakbeats y bajas frecuencias. Emociones que duran lo que el Chemical Beats y luego se olvidan, bailar con la mente, no con el cuerpo, escapar, dejarse absorber, eso fue el show que abrió el Sónar éste año.

Qué maravilla más tonta y vacía, la electronica, y qué grandes los Chemical Brothers, que la han criado y educado la mar de bien durante éstos últimos 20 años. De repente, me encantan los bordes de la pizza hawaiana.

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