SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR MIND DO THE TALKING

14/9/15

FILM: Amy, they should have been stronger than her

Blake Fielder-Civil y Amy Winehouse, auténticos Romeo y Julieta modernos. Via Tumblr


- Vaya pringada de la vida.
- ¿Cómo que “vaya pringada de la vida”?
- Pues como que fue una pringada.
- ¿Pero en qué sentido lo dices?
- ¿Cómo que en qué sentido?
- ¿Lo dices como con rabia? ¿Te da pena?
- Un poco.
- ¿O como despreciando?
- Mmmh no sé. Como que era una pringada.
- Tú siempre tienes muchos problemas para entender la debilidad humana.
- No.
- Síiii.
- Bueno...
- Lo que yo no entiendo es cómo nadie la ayudó.
- …
- Y la gente que la quería, su familia… No se daban cuenta de hasta qué punto los necesitaba. Del resto se comprende que, un poco hartos ya al final, la pudieran dejar, ¿pero sus padres...? Pobrecita Amy, dependiente era de ellos, no de la coca. No supieron ser más fuertes. Pobrecita.

Mi madre dice muchas cosas al día que hacen que me pregunte por qué está aquí, hablando conmigo, que soy gilipollas, en lugar de estar psicoanalizando a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, como por ejemplo la de Amy Winehouse. Lo pensé, como tantas otras veces, el 30 de julio, al salir de los cines de un centro comercial de cuyo nombre no quiero acordarme, donde habíamos ido a ver Amy (2015), el primer documental oficial sobre la diva-convertida-en-despojo de Londres que en tal día como hoy hubiera cumplido 32 años.


Quizás porque mi modesta inteligencia emocional me ha obligado históricamente a ampararme en el prodigio de la suya, pero intuía que mi Señora Madre había dado con la clave de todo el documental que acabábamos de ver, y con la intriga última de esa gran tragedia ghetto-pop que fue el presto apagarse de Amy Winehouse.

Escuchando posteriormente entrevistas con el director, Asif Kapadia, quien justo empieza a labrarse una original reputación como biógrafo cinematográfico gracias a su debut en el género Senna (2010), acerca de la vida del "mejor piloto de Formula 1 que jamás vivió", alcanzo a identificar mejor la procedencia de los sentimientos avivados por el film. Amy no consiste en la compresión audiovisual de la truncada trayectoria de un portento artístico de la naturaleza; Amy se parece más a ir al cine para ver vídeos caseros de la estúpida y adorable de tu hermana que, presentada ante las dos opciones, hubiese preferido ser camarera sobre ruedas a estrella sobre alfombra roja. Amy no es un proyecto interesado en cosechar compasiones hacia los tan frecuentemente ensimismados   traumas del artista creador, sino en despertar sentimientos redentores de culpa y frustración por habernos limitado a mirar mientras nuestra resplandeciente y delicada hermanita del norte de Londres cruzaba la Avenida Principal de la Fama sola y con un aparatoso moño cardado a base de dos décadas de inseguridades. Amy no pretende echarle la culpa a nadie, nada más lejos; sencillamente nos muestra la verdad, sin conservantes, colorantes ni papel cuché, sobre la belleza de lo que hemos dejado pasar mientras estábamos demasiado ocupados contribuyendo al circo romano 2.0 que acabó por matar a la primera leyenda pop del siglo XXI. No pretende echar la culpa a nadie, no, pero termina por echársela a todo el mundo, y si no se halla forma mejor de traducir verbalmente el remordimiento particular, se sueltan cosas tan poco acertadas como "vaya pringada de la vida".

Llegamos a casa, le doy al YouTube y pongo Rehab antes de quitarme los zapatos y mientras me desmaquillo. Me alegro de no haberme rediseñado los ojos esa noche, como hacía sin excepción Amy cada mañana, su cat eye de brocha gorda en lugar de un desayuno de campeones. Perfectamente pueden hacer ocho años desde la última vez que la escucho. Sigue pegando en el estómago y elevando la moral como la primera vez, ahora encima con el intensificador emocional de la melancolía añadido. Explicaba una sonriente y (todavía) no muy desgastada Amy a principios de película que jamás podría escribir sobre algo que no fuera personal, sucesos que no hubiese vivido, pues sería incapaz de contar bien la historia. Y allí estaba ella en la estrofa final, confesándose con su arte mientras yo me lavaba la cara y los demás se empeñaban en enjaularla en cárceles de oro con enfermeras por celadores:

            I don’t never wanna drink again,                     No quiero beber nunca más,
            I just, uhhh, I just need a friend.                      Sólo necesito un amigo.
            I’m not gonna spend ten weeks,                     No voy a invertir diez semanas,
            Have everyone think I’m on the mend.           Para que todo el mundo vea cómo me recupero.
            And it’s not just my pride,                               Y no es sólo por orgullo,                                
            It’s just til these tears have dried.                   Será sólo hasta que se sequen estas lágrimas.

De entre las varias hazañas que el documental puede atribuirse se halla, un poco agridulcemente, la de "redescubrir", como si el mundo hasta julio pasado hubiera sido sordo y/o analfabeto, el virtuosismo no sólo vocal, sino sobretodo letrístico de Winehouse. Porque las historias narradas en sus canciones constituyen el mejor testimonio escrito, contado en procesión cronológica y hasta el detalle más escatológico, de su paso por la Tierra, y así son muy acertadamente utilizadas en el transcurso del largo, como un perfecto y conmovedor hilo conductor fantasmal

Con qué entrega se enamora y desenamora hasta el asco que le tiene a la peña que siempre pide hierba y nunca trae, pasando por el origen de todos los tormentos que trata de aplacar a través del autodestructivo consumo de muchas y variadas sustancias clase A, B, C o Z: compañía, desinteresada y genuina compañía. Recordé entonces una TED Talk, grabada en junio de este año, sobre la percepción tanto popular como científica e institucional de la auténtica naturaleza de la drogadicción. Johann Hari, un reconocido periodista británico, señala en una muy personalmente sentida charla a las circunstancias ambientales, sociales y afectivas del individuo como potentes detonantes de dependencia estupefaciente, muy por encima de la predisposición genética o de los efectos biológicos de un gancho químico. “Lo contrario de adicción no es sobriedad. Lo contrario de adicción es conexión”, afirmaba al final de su exposición. Y ahí estaba nuestra Amy de siempre en la letra de Rehab, explicando con precisión, en el más precioso grito desesperado y melismático, cuál era su problema, lo que necesitaba de nosotros. Pero daba mucho más morbo especular la mañana después de los Grammy acerca de cuántas jeringuillas repletitas de heroína le cabían en el tocado; definitivamente, era mucho más divertido eso que reconocer su fragilidad y tratarla, en palabras de ella misma, como a "una chica normal que, casualmente, canta". Ay, Amy, ¡si solo cantaras...! Muchas lágrimas secas derramadas en tu honor sobre tantas mejillas, para ser sólo una chica que canta...



Amy Winehouse fue un arcángel anoréxico-judío perteneciente al Tercer Coro Celestial, enviado por Dios desde Lo Más Alto hasta Southgate, Londres, con una madre desnaturalizada, un padre oportunista, locamente enamorada de una pobre criatura heroinómana, tan recónditamente herida en su delicado interior como ella misma, y ofendidos ambos por el zafio despotismo de este mundo moderno con un dolor tal y tan intenso que acabaron por unirse mediante el vínculo fatal, inquebrantable e invisible que, finalmente, truncó la misión providencial por la que Amy había sido puesta en la Tierra: salvar al planeta de las mercedes de Dido y la ropa holgada. 

Ojalá todas estas mierdas amarillístico-épicas que cuentan los tabloides fueran ciertas y la película estuviera escrita y dirigida por Pedro Almodóvar, pero no. La pura verdad es que Amy Winehouse, por mucho que necesitemos que nos saque de nuestras prosaicas y monótonas existencias con capítulos descontextualizados y plagados de jeringuillas, sangre y triple sujetador, no era sino una muchacha que, como tú, como yo y como tu primo, tomó unas cuantas malas decisiones en su vida. La única diferencia entre Amy Winehouse y una inmensa mayoría de la gente es que una inmensa mayoría de la gente no posee el talento descomunal y extremadamente insólito para tocar el alma de las personas. De Amy aprendí cosas tan trascendentales como que a las grandes del jazz también les salen espinillas en la barbilla o lo que es el Tanqueray, y ni eso puede compararse siquiera al valor de todo lo que me enseñó acerca de la clásica y tirante relación filosófica entre el talento y la humanidad

La creciente secularización de las sociedades desarrolladas, particularmente durante este y el pasado siglo, ha dejado en el ateo y el agnóstico urbanos un vacío espiritual que, aunque su presuntuosa pseudo-superioridad moral le haga creer inexistente, necesita ser rellenado en forma de Elvis Presley, Nelson Mandela, Hannah Montana o cualquier otra figura remotamente antropomórfica que salga por la tele y parezca desprender luz propia, ni que sea procedente de un foco que le ponen por detrás. Estos dioses paganos de la edad tecnológica son los primeros observable y conocidamente mortales de la historia, y aun así se les sigue atribuyendo cualidades sobrenaturales y desproveiéndolos de la faceta errante que define la experiencia humana. Algunos se lo toman bien, y todo, y asumen con gusto las cargas y privilegios inherentes al puesto en el Olimpo terrenal de la celebridad y el dinero, ganados al nacer por poseer una habilidad concreta superior a la de la media. A otros menos narcisistas y admitidamente no interesados en la fama como Winehouse, se les cubre la cabeza con coronas que no saben llevar grácilmente y se les somete al escarnio público por el mero de hecho de ser vulnerables a las necesidades y debilidades consustanciales a nuestra especie.

Amy logra con elegantísimo y cándido éxito mostrar ante el gran público a la verdadera Amy Winehouse, el ser entrañable que conocían los que realmente la conocieron, fuera y dentro del podrido mundo del espectáculo que la exprimió durante siete años hasta dejarla literalmente seca. También, aunque quizás no para cualquiera, consigue dar respuesta al mayor interrogante de su corta biografía; el porqué de su abrupta y autoinfligida combustión. La obviedad con la que el documental enseña que la fama, con el mundo entero por cómplice, cometió homicidio imprudente contra Amy Winehouse es brutal y vergonzante. Pero, paralelamente, Amy formula, de forma involuntaria, una pregunta aún mayor, muy superior al enjuto cuerpo de una cantante de jazz blanca y casi tan profunda como su desmedida voz de color; ¿ha de sentirse el individuo dotado de un determinado talento forzosa y moralmente obligado a explotarlo, compartirlo o a garantizar el deleite colectivo derivado del mismo a expensas de sus propias ambiciones personales menos pretenciosas, de querer llevar un estilo de vida regular, para algunos incluso considerado mediocre? Si una chica canta como Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Nina Simone y Wanda Jackson combinadas, escribe como Carole King y Gerry Goffin pero lo que realmente quiere de la vida es servir cafés montada en patines y tocar de vez en cuando para cuatro mataos en un bareto, ¿hemos de impedírselo por todos los medios posibles, por el bien y en el nombre de la sublimidad en el arte y la cultura planetarios, a pesar de que ello pueda condenarla a una existencia desdichada y tormentosa, tal vez conducirla a la muerte prematura? Recordando lo que vi en el documental, me siento en el deber ético de decir que no, y así y todo, egoísta y desprovista de teología que me guíe, no sé si me hubiera gustado tanto vivir sin Amy Winehouse metida en el iPod, para cuando necesitara saber lo que se siente al ser una veinteañera nostálgica del norte de Londres.

Amy (2015) póster. Via Sound Colour Vibration
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31/8/15

MUSIC: Seasick Steve: you can't teach an old Sonic Soul Surfer new tricks

Sonic Soul Surfer (2015), de Seasick Steve. Via Drunken Werewolf
Cuando David “Honeyboy” Edwards, el 29 de agosto hizo justo cuatro años, dejose caer de la Tierra para bajar a un infierno aún peor, se pensó que moría con él el último tejido vivo que conecta el universo mitológico del blues con el mundo mortal, o al menos el único testimonio oral acerca de cómo unos arcángeles con guitarras baratas y pantalones de pernera corta comieron el mismo pan y bebieron el mismo vino que los hombres, hace lustros en aquel Delta del Mississippi embrujado de primeras décadas del siglo XX.

Charley Patton el mestizo, el pionero Gus Cannon, el tierno revitalizador de estándares Mississippi John Hurt, Tommy Johnson el maldito, el sutil y atrapado en Indiana Francis "Scrapper" Blackwell, Blind Lemon Jefferson el enajenado, el refinado jazzista Lonnie Johnson, el virtuoso original Blind Blake, el beato que llegó al espacio Blind Willie Johnson, Furry Lewis el sucio. Incluso unos tempranos Big Bill Broonzy, Mississippi Fred McDowell, Lead Belly, Blind Boy Fuller, Tampa Red, Son House, Skip James, Robert Johnson y todos los que falten. Llevan mínimo dos décadas muertos (o al menos eso se asume de algunos, cuyos huesos bien podrían estar ahora mismo secándose bajo un sol de justicia, medio enterrados por el lodo en mitad de un campo de maíz), de la mayoría no se sabe ni cómo ni de dónde fueron a estamparse con éste planeta, sus nombres de partida de nacimiento están borrosos y el influjo supranatural por el que adquirieron semejante prodigiosa técnica a la guitarra permanece todavía encerrado en la vitrina de los misterios sin resolver de la música popular (reconcomidos y desesperados por la inquietud, muchos admiradores y estudiosos se lo han llegado a atribuir, en célebres casos, hasta al mismísimo Lucifer). Sin patria, sin hogar, sin dinero, educación o ademanes de prosperar, como mucho algún querer que nos les costaba dejar atrás, no tenían patrimonio que pesara más que su guitarra, su armónica y su sombrero juntos. Vagaban alrededor del cinturón bíblico haciendo paradas en bares, tabernas, juke joints, barrelhouses y todo tipo de lugares pestilentes, depravados, indeseables y divertidísimos, prostituyendo su talento y penurias a cambio de un whiskey o un muslo, como mínimo, más joven e imberbe que el suyo propio. El hombre blanco los contrataba en temporadas de necesidad de mano de obra para recoger algodón en plantaciones como Dockery o Hopson en Clarksdale, Mississippi, pero, aunque cueste creerlo, en aquella América que ya ni existe, les reclamaba con más fuerza la carretera que el dinero. Mitad músicos, mitad delincuentes o mitad fantasmas recurrentes en la mitología popular norteamericana, están más cerca de Jesucristo que de Eric Clapton, por mucho que les reviente a aquellos que tengan por Dios tanto al uno como al otro. 

Tras la partida de Honeyboy Edwards, ya no queda uno solo en pie. Todos están pagando sus deudas con alguien al que nadie quiere ver, en un lugar al que nadie quiere ir pero del que ninguno pudo escapar. Eso pensaba yo hasta que, hace dos Navidades, mi tío Pedro me descubrió a un abuelito estrafalario vía YouTube. Todos salvo uno.



En un punto muy ciego durante la larga travesía temporal del blues hasta nuestros días, se había quedado tirado Seasick Steve por casi setenta años. Al ser el único hermano caucásico de entre sus homólogos tiznados del blues primitivo, y por culpa de haber nacido un poco rezagadamente en el tiempo y el espacio (Oakland, California, en el año 1941, a pesar de que, digno de la leyenda de su género que (esto sí) verídicamente es, no se sabe con certeza), el halo diabólico que expedía al tocar era tan resplandeciente y peculiar que cegaba a sus espectadores hasta el extremo de convertirlo en virtualmente invisible. Ésto es una manera estéticamente agradable de decir que nadie le hacía ni puto caso salvo en una ocasión en la que, como siempre un británico, nacionalidad rescatadora histórica de todo aquello que la mala conciencia de Estados Unidos ha querido negligir y olvidar, le pasó una maqueta que Steve estaba grabando para su mujer en la cocina de casa al tipo que reserva  bandas desconocidas para el programa de Jools HollandParece que la tradición se repite con una exactitud estremecedora, poniendo en evidencia las incompetencias (que, a estas alturas, ya han de suponerse genéticas) de América a la hora de honrar a sus poetas (especialmente si poseen algún gen procedente de África). Pero bueno, a Steve tampoco le fue tan mal, finalmente, aún sin ser profeta en su tierra y llegándole el reconocimiento muy tarde en su larguísima trayectoria artística. Desde entonces, aquí estamos, hablando de su séptimo trabajo discográfico, Sonic Soul Surfer (2015), mientras él se encuentra de gira por Europa. No, nada mal para un tipo que no se sabe ni la fecha de su cumpleaños.

Cuenta en una entrevista Seasick Steve (de nombre real Steven Gene Wold. Lo de "mareado" (seasick) es porque vomita cada vez que se monta en un barco, efectivamente) que resultaba que este amigo suyo de Inglaterra le preguntó en 2006 que qué se traía entre manos últimamente. Respondió que nada, que estaba chapuceando una cosilla para la parienta entre sartenes y cazuelas, pero que no valía dos duros. El amigo le vuelve con que no sea tontorrón, que lo quiere oír. Total, que se lo pasa, el colega de las islitas al otro lado del charco lo flipa en colores y se lo encasqueta a este otro menda que trabaja en un programa de música de la BBC. Entre pitos y flautas, Steve acaba (no porque él lo sepa, más que nada porque se lo dicen y él se lo cree) en el Later... With Jools Holland, programa de fin de año. En su opinión, ofreció una actuación tan mala que, mientras el público se entusiasmaba escuchándolo acelerar en un trance de lo más boogie, él tan sólo deseaba terminar tan rápido como fuera posible para salir de allí pitando con lo que le quedara de su reputación. Remató la faena levantándose del asiento y tirando la guitarra al suelo con sincera mala baba, esa patética guitarra roja que le regaló el hijo de puta mal nacido de su amigo Sherman por 75 pavos (el muy cabrón la había comprado por 25) y que sólo tenía tres cuerdas. A la mañana siguiente, la pequeña página web que le había montado su hijo y que tenía unas setenta y cinco visitas des del día de su creación (sesenta de ellas, asegura Steve, eran suyas) pasó a la escalofriante cifra del millón. Juzguen ustedes mismos si merecidamente o no (Paul Weller, en el minuto 1:51, parece bastante impresionado, para ser Paul Weller):


Steven Wold hubo de abandonar el hogar infantil antes de cumplir los catorce años para escapar de las garras de un padrastro que, sugiere él eufemísticamente, no lo trataba demasiado bien. K.C. Douglas, un bluesmen procedente de Sharon, Mississippi que compuso el clásico Mercury Blues, le enseñó el blues mientras trabajaba para su abuelo en un garaje, y decidió adoptarlo como noble pretexto para marchar en busca de las raíces del mismo. Saltando de tren de mercancías en tren de mercancías, al estilo de los auténticos vagabundos y maleantes de las novelas de Mark Twain, llegó hasta el Deep South desde su California natal con la intención de trabajar como asalariado temporal en granjas. La plausibilidad de un adolescente en los años 1950 sobreviviendo alrededor de los ghettos desérticos de Tennessee y Mississippi es ridículamente discutible, pero también la de que Robert Johnson le vendiera su alma al diablo en un cruce de caminos a las doce de la noche a cambio de genialidad guitarrística y, sin embargo, nos encanta creérnoslo. 

Entrados los 1960, se dedicó a girar con grupos de músicos por el país y, esporádicamente, a tocar o hacer de ingeniero de sonido en estudios de grabación. La habilidad artística más resaltable que se le había atribuido hasta la fecha era la de ser capaz de despejar un club entero al sonido de las palabras "y ahora, tocaré un viejo country que aprendí en...". Durante otras y distintas etapas de su devenir vital, alcanzó París y Alemania misteriosamente, vivió de limosna en sus metros, se casó con una escandinava y regresó con ella a Noruega en 2001. Llevan juntos desde los 1980, y se han mudado sesenta veces, pivotando entre varios países, en lo que atesoran de convivencia estable, si es que uno es capaz de creerse que el que fue llanero solitario puede dejar alguna vez de serlo. A principios de la década de los 2000, sufrió un ataque al corazón que lo dejó en las horas más bajas de su existencia. De repente, un loco inglés lo coló en un show televisivo de éxito, allí en su pueblo de comedores de fish & chips, y logró, literalmente de la noche a la mañana, que su amigo Steven renaciera dos veces: como sí mismo y como, en palabras de Jools Holland, el brillante, el único, Seasick Steve, aunque para lo esencial, eso sí, siga siendo el mismo mendigo que dormía bajo puentes; tras cobrar su primera pequeña fortuna en royalties, se compró un tractor John Deere y la gorra de la misma marca que lleva enlapada con el cráneo desde entonces. Un antihéroe moderno.

Sonic Soul Surfer es nuestro good ol' Steve de siempre pero con una vuelta de tuerca. Representa la versión de sí mismo más fresca y juvenil (que no moderna) recordable hasta ahora, y supone una remarcable recuperación tras el relativo pinchazo en intensidad del anterior Hubcap Music (2013). Uno de sus hijos, Didrik, es ilustrador y le lleva toda la parafernalia visual relacionada con las portadas de los discos, página web y merchandising, que se funden fascinantemente bien con el trabajo audible del padre, sea debido a la conexión fraternal entre ambos artistas o a cualquier otra cosa. Pero de éste nuevo álbum llama notablemente más la atención el vídeo para Roy's Gang que dirige, ATENCIÓN, un personaje digno de no ser perdido de vista, músico, artista callejero y "HACEDOR DE MARIONETAS" Ricky Syers, quien parece haber nacido para dicho cometido.



Repercutiendo en lo estrictamente musical, Roy's Gang, como el resto del largo, se grabó en la granja de Steve, bebiendo y riendo con unos amigos (Dan Magnuson a la batería, Luther Dickinson en la slide, Georgina Leach en el fiddle) y en la tradición más analógica y frugalmente producida posible, siendo concebido en su totalidad para el formato vinilo, por supuesto. Las sesiones fueron de una única toma por tema, prácticamente se improvisó, y ni siquiera se habían dado ensayos previos: esto es, la receta perfecta para la crudeza, la chispa eléctrica y la rabia de vivir que hicieron de Mr. Seasick la primera superestrella del blues del siglo XXI. Uno no puede sentirse completamente cómodo mientras toca, ya que sin riesgo, no hay blues: actuar teniendo la absoluta certeza de que tu instrumento no va a caerse a cachos en cualquier momento es perderse la mitad de la diversión, promete Steve. Por otra parte, si os preguntabais qué coño era el ruido de cascabel de serpiente al comienzo de la pista, se trata de un instrumento único en su especie y fabricado  íntegramente por Steve cuya base consiste en una tabla de lavar que rasca para conseguir el distintivo sonido. Y la canción que le sigue y que fue el primer single, Bring It On, es seguramente la muestra más equilibrada de accesibilidad y agresividad de la colección, el tira y afloja más emocionante entre blues del Delta e indie rock, algo para quien le molen los Alabama Shakes pero que, al mismo tiempo, le pesen más los cojones. Para la presente toca una de sus celebérrimas guitarras hubcap (tapacubos), otro instrumento de cosecha propia que recibe su apodo de la pieza central que le da forma, más un palo de escoba como mástil, una espátula de cocina y una lata vieja de cuando las hacían de acero.


Dog Gonna Play es clásico de la casa Seasick por los cutro costados, mientras que en In Peaceful Dreams, en cambio, elabora una suerte de experimento/ensoñación celta interesante y sosegada para sus estándares. Summertime Boy, el tercer y más juguetón de los tres singles, posee cierto punto de infantilismo y sentido del humor, otorgado con total probabilidad por las caricias amuelladas de ese bendito e inconfundible pseudoinstrumento llamado jaw harp (arpa de boca), tocado por Ben Miller y que, al oírlo, transporta instantáneamente al oyente turista de Europa a tardes en la marisma pinchando alligators con un palo y haciendo todo tipo de cosas catetas vestido con un peto, una camisa de cuadros y nada más. 

Sonic Soul Boogie es, de hecho, el título originalmente pensado para el álbum, que fue finalmente intercambiado por el concepto del surf, a esperanzas de reforzar el espíritu de "surfeador interior" que procura inspirar la obra. Si todo lo que necesitas en la vida es un poco de boogie, esta es tu canción, baby. En Barracuda '68, con otro videoclip interesante à la Subterranean Homesick Blues de Bob Dylan versión soy-un-poco-mayor-para-estar-tanto-rato-de-pie, se adentra más que nunca en aguas Muddy-Watersianas, antes de continuar con We Be Moving, un pequeño resumen de su particular y sentida apreciación de la nómada way of life.

Es posible que Sonic Soul Surfer se ponga más interesante y sustancioso a medida que se acerca el final, premisa que queda confirmada con el blues quintaesencial, como si Sonny Boy Williamson se hiciera country, de Your Name y la dulce, destripada y confesional Heart Full of Scars.

Sonic Soul Surfer no representa ningún paso adelante en la evolución artística de Seasick Steve, aunque tampoco uno atrás, sino la simple perseverancia en una determinada calidad sónica muy concreta y conocida que, paradójicamente, termina sintiéndose más fresca y visceral que de costumbre por el simple hecho de no haber pertenecido a la tendencia predominante de la vigente década. ¿Acaso, por otra parte, tiene sentido esperar desarrollo de un señor (porque nadie más que él se merece tal tratamiento) que, para su hilaridad, ganó el MOJO Award 2007 como artista revelación (¡¡¡!!!) rondando los setenta años? ¿Acaso no es más que probable que Steven Wold ya diera hace tiempo con la versión más pulida de sí mismo, y que ahora sólo quiera dedicarse a reproducirla y regodearse en ella, nos guste o no? ¿Acaso cabe la posibilidad de que a un músico de renombre que se viste igual hoy que cuando no tenía donde caerse muerto le importen las elucubraciones intelectualizadoras de la crítica, si sus fans se aburren de él o le pierden la pista? Mientras consiga hacer que unos cuantos jóvenes muevan el culo y pueda comprarse un par de tractores al año, lo dudo mucho. Porque la valía de Seasick Steve no reside tanto en lo que nos da como en lo que nos devuelve, una raza de emotividad extinguida. Lo que él simboliza es una calidez interior con pretensiones beligerantes, capaz de transportar hasta ese pasado atemporal durante el que fuimos (o, al menos, creímos poder ser) más libres, espontáneos, más apasionados e inspirados por la inmensidad de cualquier cosa. Algunos lo experimentan a través del recuerdo de la experiencia personal, otros, cuyas vidas son todavía demasiado cortas, por el efecto idealizador de la memoria colectiva. Sea de la forma que sea, la música de Seasick Steve es, en este preciso instante, el último tejido vivo que conecta un vergonzosamente prosaico presente con la posibilidad de las almas perversas de unos pocos hombres que duermen bajo las estrellas y ganan dinero para tocar y tocan para vivir, en ese preciso orden.

Quizás algún día siente cabeza, quizás el día en que le entierren bajo el frío suelo. Fotografía original de Sander Baks. Via Sander Baks
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