SHUT YOUR MOUTH AND LET YOUR MIND DO THE TALKING

29/8/15

MUSIC: Big K.R.I.T.'s Cadillac-lac-lac-lac-tica

Cadillactica (2014), de Big K.R.I.T. Artwork de Joe Perez & Geo. Via Big K.R.I.T


















El miércoles, 26 de agosto, fue el cumpleaños de Big K.R.I.T., artista anteriormente conocido como Kritikal, ahora alias Young Krizzle. Tras haber acabado con la de presentación de su último álbum (Pay Attention Tour) y para celebrarlo, anunció otra gira por todo Estados Unidos (titulada muy apropiadamente Kritically Acclaimed Tour), además de lanzar un tema nuevecito, 86, en honor a su coche favorito (el Chevrolet Monte Carlo de 1986) y de paso, por qué no, al año en que aterrizó, como un meteorito del crunk más extraterrestre, en éste planeta azul, procedente de otro remoto y misterioso llamado Cadillactica. La canción, me imagino yo, está dedicada a todos aquellos que se mueren por ver a K.R.I.T. despojado de su uniforme de chico del Sur y convertido en la enésima emulación de un Kanye, Drake o J. Cole, con el propósito de poder así hacerle un hueco en sus emisoras de radio predilectas; ¿no queréis escuchar a un negro campestre con gusto por los samples souleros rapear acerca de coches poco discretos, equipos de sonido aún menos discretos, racismo e hipocresía? Pues chupáos this motherfucker:



Big K.R.I.T. es un hombre famosamente definido por sus actos y cuyos actos lo definen muy bien. Ésta es su mayor virtud, una que, en opinión de muchos, escasea dramáticamente y no es alabada lo suficiente en la contemporaneidad del rap y, como consecuencia directa de ello, también su peor condena, la misma que le incita a creer con fe ciega, en la tradición de predecesores colosos del hip hop sureño como UGK o 8Ball & MJG, que el talento objetivamente medible es suficiente para alcanzar el éxito y elevarse entre el trap, el exceso de swag y las nalgas de Nicki Minaj. Pobre inocente.


El rapero y productor hecho a sí mismo a la fuerza (cuenta él que por no tener dinero para pagarse beats) viene de Atlanta, Georgia, pero es nacido en Meridian, Mississippi, tierra del padre del country, ni más ni menos, Jimmie Rodgers. No es precisamente una ciudad a la que García Lorca escribiera poemas ni un destino vacacional barajable, y es ahí justamente donde nace la imperiosa y constante necesidad en K.R.I.T. de demostrar su valía, entre el complejo procedente de sus mediocres orígenes y la rabia por el desdén o la aprensión que éstos suscitan en los extraños, "yuppies de la costa oeste", los llamaría Yelawolf. Siempre ha adjudicado su todavía no sucedido despegue comercial, incluso a pesar de haber dado el salto al mainstream en 2011 con una de las portadas de novatos del año más sonadas de la revista XXL (compartió papel cuché con Kendrick Lamar, Mac Miller y Lil B, entre otros) a la flagrante omisión del cinturón bíblico como antorcha guía de la vanguardia musical. Todo lo que sea arte (no bajos reverberantes ni estribillos pegadizos ni acentos incomprensibles ni bajezas espirituales de ese tipo) se encuentra saltando entre California y Nueva York, considerando alguna parada puntual en Chicago. Desesperaba en una entrevista K.R.I.T. asegurando que a mucha gente le espanta la simple idea de visitar el lugar de donde procede, que piensan que aún se compra en los mismos supermercados que miembros del Ku Klux Klan. Con semejantes prejuicios instalados en la azotea colectiva del norte, ¿cómo no van a ignorarlo? 

Paralelamente, no deja de resultar curioso que el mismo sur que es reiteradamente desestimado por arcaico, falto de creatividad y emblema de los restos de una América repulsiva cuya existencia se quiere olvidar, se constituya desde tiempos de Louis Armstrong como el mayor catalizador de tendencia musical de la nación, y por ende, de la Tierra. La trampa reside en que ésta mayoría de raperos del sur en las listas de éxitos carece de la complejidad emocional de los predecesores a los que Krizzle invoca. K.R.I.T. rapea inspirándose en Martin Luther King y Malcolm X, discute temas que el resto rehuye, y es por ello que se ha ganado un puesto importante en el corazón de una fanbase muy sólida, pero no en los rankings radiofónicos (precisamente, él goza del cariño de esas tribus de admiradores que son todavía endebles para artistas/producto-del-hype-mediático como Action Bronson o Chance the Rapper). Hablemos ahora de cómo el gran público pidehip hop comprometidoEstados Unidos de América, líderes globales en contradicción

Entonces es cuando el hambre del Southern hip hop se junta con las ganas de comer del demasiado ingenioso, demasiado consciente y demasiado hábil Big K.R.I.T., y la combinación no podía ser más desafortunada. Cadillactica (2014), el último trabajo discográfico de su carrera, que desde 2005 arrastra once mixtapes, dos EPs y dos álbumes, es una obra conceptual que cuenta la historia del origen del Cadillac, emblema de orgullo y hombría en el Deep South, y del ciclo vital de su planeta de procedencia/subconsciente de K.R.I.T., apodado Cadillactica. Se pronuncia "Cadillac con un ticá", tal y como les indica a muchos torpes entrevistadores que, al parecer, no quieren ni saber leer en inglés del sur. Cadillactica encarnará, como su propio autor predijo, la carta de presentación para una mayoría de fans pertenecientes al público casual, el primer contacto consciente y a propósito entre éstos y K.R.I.T., dato que le insufla una cualidad de trascendencia extra, independiente de su valor artístico intrínseco. Es posible que sea el trabajo más completo y ambicioso suyo hasta la fecha (no definitivo ni definitorio; hay quien piensa que, en términos de belleza, aún no alcanza a superar el Return of 4Eva (2011) que lo catapultó a la realeza de las promesas), aunque en un sentido absolutamente impopular para la década que corre, y que pone de manifiesto como nunca antes las fortalezas y debilidades del misisipiano.

Para empezar, no se cansa de repetir (no es seguro si por resignación disfrazada de dignidad o por sincera autenticidad) que le gustaría ser un artista recordado por aportar obras completas, no singles pelotazo à la sus paisanos Rae Sremmurd (arquetipos en la acepción más despectiva del "artista sureño de éxito"; estribillos facilones y abuso de las bajas frecuencias para que den ganas de mover el culo) durante la etapa histórica en la que el álbum es menos importante que nunca (con el renacimiento del vinilo se atisba un resurgir, aunque, por ahora, no representa más que un movimiento marginal). Después, tampoco, aunque muy noble y de agradecido con su oriundez, es de ganadores jugar la carta del reivindicador de lo local mientras A$AP Rocky, discutiblemente una de las figuras más influyentes del hip hop actual, va por ahí dando conferencias en Londres y Oxford sobre la irrelevancia de la regionalidad en el arte presente (no es seguro si por remordimientos de conciencia derivados de la cantidad de caracteres sureños que ha tomado y asimilado a su neoyorquina persona o porque posee la clarividencia para darse cuenta de que, de hecho, está en lo cierto). Cadillactica, pues, por un instante se asemeja a un esfuerzo demasiado evidente por gustar, que aprovecha recovecos de conexiones sentimentales con el pasado para apelar a la masa, como admite mediante la voz de Don Draper (protagonista de Mad Men) al final de Sookie Now (es un truco al que Kanye West, sin ir más lejos, confiesa haber recurrido). Pero no, no hay que confundirse; se trata de K.R.I.T. aproximándose más que en cualquier intento previo a su sonido insignia, que es conservador, si se toma como referencia la dirección por la que avanza la corriente principal del rap, y original simultáneamente y comparándolo con lo mismo (es decir, el estilo de sus coetáneos más comerciales).

Conocí a K.R.I.T. por su verso en la apoteósica 1 Train de A$AP Rocky, para mí (y también para el líder de la A$AP Mob), el mejor de los seis a los que ayudó a dar visibiliad (y, joder, la competencia imponía: Kendrick Lamar, Joey Bada$$, Yelawolf, Danny Brown y Action Bronson). Su convicción, su rabia puntiaguda contrastada con las ondulaciones batipelágicas del entrañable southern drawl que caracteriza a los suyos, y cuya musicalidad cala hasta lo más profundo del espíritu y hace feliz por el simple hecho de ser, convierten su lengua en una particular pasión turca a orillas del Mississippi. No es de extrañar que, pese a su reservado perfil mediático, Kendrick Lamar lo haya de querer matar; como mínimo desde un criterio estrictamente técnico, Big K.R.I.T. es el recitador mejor dotado de su generación. Entonces descubrí Mt. Olympus, pseudorrespuesta al llamamiento a las armas del archiconocido "verso de Control" de Lamar. Vi en ella el funeral de Kendrick y de todos los negros de América que intentaran hacer algo después:


La letra de arriba a abajo merecería que algún académico escribiera tratados al respecto, y es sin dar lugar a la más nimia vacilación la mejor contestación al jugoso delirio testosterónico de King Kendrick. La  compuso casi mientras digería la apelación, y me parece un insulto a la inteligencia del estudioso del rap tener que evidenciar que, como nada antes ni como nunca otra vez, enmarca la frustración de un poeta sistemáticamente ninguneado por su abrumador lirismo, su profundidad temática y unos orígenes que, fatídicamente, abanderan todo lo opuesto. Lo llevaría incluso más lejos y afirmaría que es el himno a todo artista y artesano que antepone la fe en el talento propio, la calidad y el entendimiento personal de la ética artística a falacias y espejismos sin sustancia como son la relevancia popular o la aprobación hueca de las mayorías. Guardo a Big K.R.I.T. muy cerca de mi corazón gracias a Mt. Olympus, y empatizo con todos los que también lo hacen y lo han hecho con anterioridad a mí (desafío a cualquiera a que enlace a una sección de comentarios donde se dedique una sola palabra despectiva hacia Young Krizzle; la terapia y la honestidad en una canción sólo pueden ser devueltas por aquellos que se redimen a través de ella en forma de gratitud).

Por conflictos de sampling, la versión original de Mt. Olympus nunca apareció en Cadillactica; en su lugar se halla como bonus track una casi igual pero con distinta base y nombre, Mt. Olympus (Reprise)junto a otra deliciosa colaboración con un A$AP Ferg que se sale titulada Lac Lac (Lac es otra abreviatura sureña de Cadil-lac), más una tercera si compraste la edición deluxe en Best Buy, Let It Show.

El resto del disco se desarrolla como promete la portada (diseñada por el director creativo del estudio de Kanye West, DONDA), el nacimiento, vida y madurez del planeta en todo su esplendor que encarna K.R.I.T. Cadillactica es un trabajo para ir en coche de Atlanta a Meridian pasándosete las cuatro horas de viaje volando, inmerso en las hazañas espaciales del astro protagonista. Es el primero en la carrera del rapero no íntegramente producido por él; se nota que delegó en Raphael Saadiq, Jim Jonsin o DJ Dahi para poder concentrarse en la faceta narrativa del álbum y crear un universo detallista y emotivo. En ésta entrevista con DJ Smallz Eyes, el afectado lo explica mucho mejor (y en un tono más sureñamente irresistible) que yo, pero podría resumirse de la siguiente manera; Kreation y Life son concepción y celebración, respectivamente, del nacimiento del planeta/criatura/álbum perfecto, adjetivo entendido aquí como grado superior de honradez y elaboración. Seguidamente viene la tercera parte de su serie My Sub, Big Bang, que es como admitir abiertamente que Cadillactica no puede estar más inspirado en Southernplayalisticadillacmuzik (1994) en particular y en la discografía completa de OutKast en general porque no se entrena (¿Dices que puedo ser Rey del Hip Hop/ Si no se lo reconocieron a André 3000?). El dúo de Atlanta, Georgia fue el primero en materializar un deseo inconfesable del rap sureño por llegar al espacio, y qué menos que rendirles un pequeño homenaje con ésta pieza casi cruda de 808, hi-hat y bajos destripados hasta rozar lo minimal.


Cadillactica (y su literal y metafóricamente brillante vídeo) es la lozanía adolescente que desemboca en unos años de conflictividad interna, durante los cuales la incipiente madurez comienza a plantear nostalgias acerca de la misma infancia que tanto quisimos superar. Representados por Soul Food (con Saadiq) y Pay Attention (con Rico Love), claramente dos intentos de hitazo fallidos que, si se hubieran quitado de encima la presión social y respaldados por mejores clips, hubiesen aparecido como más sentidos y entrañables de lo que ya son.

Con King of the South alcanza el principio de la hombría, y ya se siente seguro para proclamarse monarca de los mares del sur, no de una forma denigrante con respecto a los demás, sino adorativa de sí mismo. "Todo el mundo debería sentirse el rey de lo que le apasiona", responde cada vez que le preguntan por el socarrón título. El hombrecito quiere salir a cazar, y con ésta ilíada intergaláctica de sus conquistas, en la tradición del Space Age Pimpin', Mind Control parece que lo tiene todo para triunfar y pincha por culpa de unos versos invitados flácidos en el mejor de los casos (E-40 y Wiz Khalifa, que tenía que hablar de su puto perro, como siempre, a pesar de no venir a cuento). Saturado de tanto éxito y mujeres, el hombre, cada vez menos joven, se detiene para preguntarse qué es lo que realmente necesita en la vida. Como su nombre ya vaticina, Standby permite un momento de introspección estimulado por el saxo tenor del joven y seriamente prometedor Kenneth Whalum, y gracias a él lo descubre: todo lo que necesita es, por supuesto, amor. En Do You Love Me y de la mano de su adorable novia, cantante de jazz e icono de estilo Mara Hruby (cuyo estancamiento en el underground a éstas alturas no comprendo) se enzarza en una dulcísima despedida de todas las chicas que le quisieron por interés y en una declaración de intenciones a la única que no: su coche (¿se puede ser más sureño?), y Third Eye es la carta de amor más bella y rara jamás rapeada porque no dice ni una sola palabrota y es incluso incómodamente respetuosa con las mujeres. Algún día, por muy ridículo que parezca, los libros de historia hablaran sobre ello.

Mo Better Cool (con buenas intervenciones del mítico Bun B y Big Sant) y Angels son dos momentos de Southern funk en esencia pura, interesantes pero rebajados en intensidad respecto a lo que les precedía, aunque pronto se vuelve a acelerar con la enorme Saturdays = Celebration, que, no se dejen engañar por el título, es solemnidad en la línea de O' Death de Ralph Stanley, por ejemplo. Para los rezagados como una servidora, la voz resucita-muertos de Jamie N Commons puede ser todo un descubrimiento, continuando así con la tremenda calidad de los cameos de todo el Cadillactica. Y el final no es demasiado optimista: Lost Generation es a la vez llamada de atención a su adormecida y hedonista generación y también pataleta de Lupe Fiasco y Krizzle por lo listos que son ambos y el poco caso que les hacen. Un poco masturbación en pareja, sí, pero algo de razón tienen, las criaturas. Concedámosles al menos el derecho a indignarse en la soledad de un planeta lejano conocido como Cadillactica.

Portada para el single Cadillactica. Via Big K.R.I.T
Big K.R.I.T. nunca va a estar profundamente de moda, para el deleite de gente esnob y oscurantista como yo. En lo que hoy llega tarde y se siente rezagado, encantadoramente rancio pero, en última instancia, no identificable con la escena predominante de su tiempo, un día, cuando nos cansemos del sonido asentimental, del maquinismo más puro, monumental y de hormigón inspirado en Le Corbusier y puesto en el mapa por Kanye West, ese día, K.R.I.T. será el pionero incomprendido de un convencionalismo cálido, analógico y con mucha alma. Se mire por donde se mire, un marginado de la gloria por culpa de su integridad y un casposo aferrarse a principios que, pendularmente, fortalecen su personalidad y hacen que se pueda decir de su trabajo algo que muchos desean e ínfimos logran: no parecerse a nadie y sonar a nada más que a sí mismo. A reminiscencia de otro tiempo para el presente, a sofisticación de lo actual para el pasado y, con total probabilidad, a rescate y restauración de algo añorado para el futuro, Cadillactica puede enorgullecerse, sin duda, de estar en un resquicio espaciotemporal muy único y especial. Lo de K.R.I.T. (siglas de King.Remembered.In.Time) era una premonición. B.B. King lo vio en él y por eso grabaron una canción juntos; el tiempo pondrá a éste rey en el trono que está llamado a ocupar.

Lo que es bueno para el hip hop puede no ser bueno para el alma. Fotografía original de Emanuel Wallace. Via Emanuel Wallace

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23/8/15

MUSIC: L'Orchestre Folklorique Tout Puissant Likembé Konono Nº1 de Mingiedi présente Congotronics


Congotronics (2005), de Konono No 1. Via Amoeba
¿Suena de algo Mingiedi Mawangu? A mí tampoco hasta dos días después de que muriera, el 15 del pasado abril. A la tierna edad de 85 años y por causas no especificadas, aunque lo más probable es que se debiera a una hartura avanzada de tanto vivir que venía persiguiéndole desde hacía una década. Se fue, suponemos que pacíficamente por primera vez en su vida a punto de expirar, en la misma Kinsasa, capital de la República Democrática del Congo, que lo vio crecer como hombre y como otras cosas por las que el mundo no debería olvidarlo jamás. No obstante, ciertos tics desdeñosos e implacables, agarrados como garrapatas a la humanidad des del descubrimiento del fuego, parecen pronosticar que Africa, agujero negro de la memoria histórica planetaria, se tragará su recuerdo sin posibilidad de clemencia.

Mawangu fue un camionero y fundador de Konono Nº1 (denominación que, por mímica, consiguió traducirle a un periodista británico como "adoptar posición de choque" en la lengua bantú lingala), una de las más célebres agrupaciones de música trance tradicional africana electrificada que haya existido, credencial que resuena un poco a ser el niño más bonito de la casa según tu madre; mejor no ponerlo en el currículum porque no impresiona a nadie. Es difícil seguirle el rastro más allá del haber nacido en Angola en 1933, cerca de la frontera con República Democrática del Congo, y como la suya propia, la reputación de su banda (de nombre completo Orchestre Folklorique Tout Puissant Likembé Konono Nº1) está rodeada de cierto misterio y volatilidad. Casi se aproxima más a la categoría de leyenda yorubá, de esas contadas por griots, que a la de objeto de estudio sociológico y artístico. Se le atribuye también la invención del primer likembé eléctrico casero, instrumento tradicional africano muy parecido a la mbira, extremadamente popular en las zonas de República Democrática del Congo y Zimbabwe que suena tal que así:


A oídos occidentales, el típico ruido divertido de música de negritos, vamos. Se le ocurrió construirlo con una motivación tan práctica y simple como que necesitaba que su música fuera escuchada por encima de la horrenda contaminación acústica que plaga Kinsasa, algo que, era evidente, jamás conseguiría por el canal acústico. Una historia muy poco prefabricada ni romantizable, una historia muy africana.

El resto de instrumentos y equipo de sonido que utiliza la agrupación congoleña es igual o más rudimentario que su técnica (se ponen superglue en las yemas de los dedos para fortalecerlas a la hora de tocar, y así sonar más enérgicos); consiste básicamente en chatarra unida con basura para dar lugar a instrumentos que producen una corriente de estímulos auditivos objetiva y contrastablemente única en su especie. 

Konono No 1, todavía con el único miembre de la formación original y fundador, el éste año fallecido Mingiedi Mawangu. Via Planet Rock
La carrera de Konono Nº1 se remonta a 1966. Originalmente, adoptaron la música ritual de la tribu Zombo, con presencia aún en la actualidad en territorios de Angola y República Democrática del Congo, hasta acabar por introducir el likembé como instrumento insignia de su distintivo sonido y divergir de la estricta tradición. Y es por ésto que, cuando a Mingiedi Mawangu la BBC le ofreció en 2006 el premio a artista revelación de esa música que los occidentales tan prepotentemente llamamos "world", gracias su obra más """mainstream""" (si es que se puede considerar como tal) Congotronics (2005), le entró un poco la risa. El estúpido hombre blanco olvida que, a pesar de que, hasta hace menos de diez años, el único testimonio físico del paso por la Tierra de Konono Nº1 se escondía en el interior de un recopilatorio de música de Kinsasa grabado por la emisora francesa France Culture de 1978, la trayectoria de éstos humildes artistas había sido larga, prolífica, constante y remarcablemente popular en el continente hasta el mismo día en que les otorgaron el galardón, y sobrevivió (únicamente en espíritu, no sus individualidades, puesto que todos los miembros originales excepto el líder estaban muertos para entonces) guerras civiles y dictaduras regidas por seres tan abominables pero con gran sentido de la moda como Mobutu Sese Seko.

Y de no haber sido por el flechazo de un músico belga llamado Vincent Kenis (quien acabaría produciendo gran parte de la serie Congotronics para Crammed Discs) y su visión de un puente cultural fortuito entre el punk distorsionado europeo y la versión africana del mismo que practicaba Konono Nº1, quizás la historia planetaria de Mawangu y los suyos hubiera terminado ahí. Me agradó descubrir también que una de las pocas canciones de la islandesa Björk que han conseguido fascinarme sin esfuerzo, el único flechazo químicamente puro que sentí hacía ella (llegué a pagar por adquirir el álbum que la contenía, Volta (2007), de hecho) contaba con la ahora inconfundible participación de Konono, Earth Intruders, pacto colaborativo que les condujo a tomar parte en una gira promocional el año de su lanzamiento. 

Su fama se mantuvo en modesto ascenso hasta la actualidad, y en febrero aterrizaron en Europa (por primera vez en cuatro años) para girar de nuevo, allá donde les quieran, alrededor del hemisferio norte.  Y aunque su principal y único integrante fundador vivo dejó de rodar en 2009, legó el trono, como todo rey magnánimo, a su hijo Augustin Makuntima Mawangu, quien pretende desarrollar el sonido de Konono Nº1 para conducirlo a su más esplendorosa etapa creativa. El pasado 18 de mayo, como muestra de ello, se lanzó el muy recomendable disco debut de sus compatriotas Mbongwana Star, una mezcla explosiva y totalmente inaudita (en los sentidos más fieles al significado enciclopédico de ambos términos, no en esos otros manidos e imprecisos de la crítica musical de siempre) de afrobeat, punk y dubstep, producida codo con codo junto a Konono:


Congotronics recuerda a algo que, indudablemente, convierte a Kraftwerk y otros mindundis que mezclan rock alternativo y electrónica y se creen súper locos en pasables conjuntos sin los que podríamos vivir tranquilamente. Los caucásicos enteradillos de turno se preguntan cómo habrá sido posible que un puñado de muertos de hambre en Kinsasa, por ahí debajo de nosotros, en esa vasta extensión de terreno en forma de señor con tupé, hayan oído hablar de su electrónica, su minimal, su punk y su Krautrock. La respuesta es fácil: nunca lo han hecho. En todo caso, los del plagio deben de haber sido ellos, simplemente por precedencia cronológica; echad cuentas. En sus propias palabras, Konono Nº1 hace la música que ya oían de sus abuelos, música tradicional que vive con independencia de las modas y tendencias, patologías exclusivas de las sociedades capitalistas. Que no les pregunten por Nicolas Jaar, por muy primos que parezcan, porque si no lo saben ni ellos, lo van a saber éstos pobres buenos hombres...

Parecía que Little Richard era un salvaje, que Jerry Lee Lewis era un salvaje, que los Stones, los Sex Pistols, Mötley Crüe, Red Hot Chili Peppers o Death Grips eran todos muy salvajes, pero eso era porque no sabíamos que éstos campeones de África central campaban por el planeta compartiendo oxígeno con el resto de lánguidos mortales. Su vigor es contagioso, liberador, y lo del trance no es ninguna broma ni se dice por decir, por bautizarlo de alguna manera. Congotronics influye ganas de bailar sin saber cómo, incomoda su austera complejidad, y lo mejor es que devuelve al principio de todas las cosas, al Big Bang del ser, un lugar en el que nadie recuerda haber estado, recreable sólo con las manos de aquellos nacidos en la cuna de la raza.

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22/8/15

MUSIC: Benjamin Booker, tired of feeling guilty just for wanting a little bit more

Benjamin Booker (2014), disco debut de ídem. Via DIY Mag
















¿Cansado de sentirte culpable por pensar que todo lo que cae bajo el calificativo indie rock no es más que screamo para post-adolescentes sin gomina ni masa muscular que leen contraportadas de novelas de Bukowski, se hacen fotos con ellas y las cuelgan en Instagram acompañadas de frases sobreexplotadas por la comunidad Tumblr (intentando parecer inteligentes a la par que misteriosos y con peculiar sentido del humor) tipo “y en ese momento, juro que fuimos patatas fritas con wasabi #bukowski  #patatas #curvy #vsco #vscocam #hashtag”? Yo también. ¿Eres un poco hijo de puta y odias a la raza humana en su esplendorosa totalidad? Yo también, pero ese no es el tema de hoy. El tema de hoy es que Benjamin Booker puede considerarse teóricamente indie rock y a pesar de ello, si comulgas con el aserto anterior, además de estimarte amante del blues, el soul, Patsy Cline o de cualquier otra cosa rabiosa y sanguinolenta en general, te va a encantar. Palabra de atea del indie rock.

Aunque es posible que el presente artículo acabe resultando contraproducente con respecto a su propósito inicial, que, tal y como intentaba sugerir durante el párrafo de presentación, no era otro que  el de demostrar a mis homólogos hispanohablantes y dolientes de alternitivitis crónica que, en efecto, hay vida después de lo independiente. Porque, seamos completamente honestos; no habría de tomarse siquiera como notable el acto de recelar de un género cuya principal característica definitoria y apelativa es rotundamente circunstancial, instrumental y logística; ser producida con independencia de los sellos discográficos comerciales. Para que nos hagamos una idea de lo ditirámbicamente absurdo del asunto, esto sería equivalente a describir el jazz como música que se vende en cajas de cinco unidades de doce minutos cada una y que, ¡agárrate!, a la gente le gustase explícitamente por ello. Afirmar que "no te va la música comercial" sonaría a premisa tan válida y ordinaria como que no te mole la que viene envasada al vacío. O todavía más lejos; la belleza intrínseca de un estilo de música residiría en atributos enteramente ajenos a lo musical, artístico, sonoro o incluso emocional, como si se fuera a conciertos de Jake Bugg para ponerlo en el currículum vitae o se adquirieran álbumes de Thelonious Monk para meterlos en la despensa ocupando el menor espacio posible

Sí, lo admito; éste plano de visión crea un vacío legal por culpa del cual no se tiene en cuenta la histórica audacia sociológica de la música alternativa, ni tampoco su innegable mérito como democratizadora cultural. Aun así, continúa no quedando invalidada la proposición arriba expuesta; de nuevo ¿escuchamos un tipo de música por su aportación al progreso de la humanidad, por muy loable que ésta sea, o más bien porque hace que vibren partes de nuestro cuerpo que no habrían de vibrar en estado de reposo?

Y eso es precisamente lo que me ocurrió mientras contemplaba, por primera vez en mi vida, a Benjamin Booker desde los aledaños del escenario Heineken, en el Primavera Sound 2015. "¡Vaya, si la música indie también se disfruta, no sirve sólo para ser expuesta en una vitrina/estado de Facebook y fardar de  cantidad de horas invertida en fornicar con Rockdelux, Pitchfork y Je Ne Sais Pop! ¡Ay qué alegría! ¡Por fin lo pillo, soy una de ellos! ¡Mamá, mañana empiezo a dejarme barba!". No podía arder más en deseos de compartir éste episodio de iluminación con el resto del mundo, de cómo pasé de estar sorda a oír, y evangelizar a cualquier semejante descarriado en la fe mía recién encontrada.

¡Eh! No me juzgues muy severamente, todavía, no soy tan facilona ni quiero adherir a nadie a ninguna secta religiosa; advertí de que venía para abrir mentes, nunca convertir moros en cristianos. ¿Sigues creyendo que las tías sólo escuchan Radiohead por el indudable atractivo físico de Thom Yorke?  ¿Panda Bear, Animal Collective o (atención) Super Furry AnimalsJAJAJAJAJA (si es que me lo ponen a huevo) te parecen la banda sonora perfecta para una orgía de gente especial de esa que se disfraza de osito de peluche para follar? ¿Sospechas que si fueras de Granada y tuvieras cuerdas de guitarra en los sobacos compondrías canciones con más grasia y más harte que las de Los Planetas? Bien, yo igual, no dejes de leer.

El mayor, prácticamente único encanto y seña de identidad de la música llamada independiente consiste en su desarraigo. No suena mucho a nada que haya existido antes, no se parece manifiestamente a su padre ni a su madre, ni está en deuda con ninguna tradición; la ingravidez forma parte de su naturaleza. Sin embargo, a medida que avanzaba el concierto, noté que algo no rulaba, que éste chaval, Benjamin Booker, no gravitaba al cien por cien, que era como un bonsái: chiquitín y con más raíces que tronco. Lo primero lo sé porque me lo crucé nadando a crol en la piscina de peña que veía a The Replacements el primer día del PS. Lo segundo, porque para cuando empecé a presentir estas paranoias el tipo ya llevaba dos covers, y todo el que se precie sabe que la gente alternativa es alérgica a las covers, en lógica concordancia con su desdén hacia la ascendencia intelectual. Y no únicamente por eso, también había motivos menos evidentes y más agresivamente perceptibles a través de los sentidos. Lo de Booker era un tira y afloja crispado, irritado pero a la vez exquisito entre dos universos sónicos; uno que flota sin conocer anclas, que no sabe ni adónde va ni de dónde viene, y otro que se amarra al centro de la Tierra con cepas centenarias. Pretende ir hacia delante arrastrando lo de detrás, una hazaña tan temeraria, tan utópica como entrañable, como admirable.

Lo entendí mucho mejor tras escuchar de principio a fin y en el orden en que fue concebido su homónimo debut Benjamin Booker (2014), uno de esos trabajos que, literalmente, encandilan al primer intento, no piden apenas poner de la parte del oyente, lo cual de vez en cuando (aunque sólo si se hace bien) es de agradecer. No obstante, lo acabé de captar al cien por cien cuando encontré por YouTube ésta joya de una belleza sin parangón, de las mejores versiones de cualquier cosa que haya visto yo en mi puta vida, y que no hace más que reforzar la teoría según la cual la auténtica calidad y honestidad de un artista se vislumbran mejor a través del trato que da a las canciones de otros. De acuerdo con lo anterior, Benjamin Booker es la próxima reencarnación de Louis Armstrong y Gram Parsons combinados. Aviso: éste Walkin' After Midnight de Patsy Cline rompe corazones:


Aviso 2: la original también:


Por decirlo de alguna manera, Ben nació en Virginia Beach, Virginia, creció en la punky Tampa, Florida y se hizo hombre en New Orleans, Louisiana, adonde fue a parar, como mucha otra gente, después de que el Huracán Katrina la convirtiera en una de las ciudades más baratas de Estados Unidos. De ahí, de ese ser de muchas partes y de ninguna, le viene con toda probabilidad una fobia abierta a los purismos, muy especialmente a los del blues (comunidad entre la que jura no sentirse nada bien recibido), y el revuelto del mismo con soul, boogie, americana, country, folk, punk y a saber qué más, patentado como algo muy nuevo, muy suyo, muy viejo y muy de quien lo quiera, todo al unísono. El destino lo empujó literalmente a acabar como un perdido de la vida del rock & roll, tras un rechazo de la NPR (la radio pública estadounidense) para trabajar en su programa de música una vez terminó los estudios de periodismo en la Universidad de Florida, y otro del mismísimo Nardwuar the Human Serviette, quien ahora se atribuye el detonante del nacimiento de Benjamin Booker, el muy cabroncete. Lo de ser músico le daba respeto, y a sus padres, devotos cristianos temerosos de Dios, de los de ir a iglesia todos los domingos con un crío punky arrastrado de las orejas, algo más feo incluso que el respeto, así que decidió que escribir sobre su pasión sería la opción menos intimidante.

Benjamin Booker se grabó íntegro en analógico, como dictaba el melómano orgánico que lleva dentro, en los mismos estudios The Bomb Shelter de Nashville donde debutaron mis buenos amigos Vintage Trouble; es que a Booker lo que sea o suene a electrónico le da asquete y se le nota. Le ayudaron Max Norton a la batería y el multifacético bajista (al fiddle cuando tocan versiones de Furry LewisAlex Spoto, un par de músicos igual de estudiosos e irreverentes en lo que a cruzar fronteras genéricas se refiere. Juntos están aprovechando el impulso de la ola renacentista del roots rock, que lleva ahora un par de años creciendo, para hacerse un hueco en ésto del show business, más algún que otro cable que se echa haciéndose protége de Jack White.

En mitad de una mítica pelea automobilística acerca de cómo se ganaba el sustento con sus conservadores progenitores, decidió que tenía asuntos sin resolver con personas concretas, y sin encontrar medio más adecuado ni haberlo hecho antes, escribió una canción para cada una de ellas. Juntas suman doce, y conforman el disco que ha puesto cara al último estandarte del blues rock mestizo de la segunda mitad de la presente década.

Ben dice que el álbum entero está lleno de errores, pero que así debe de ser. Como si nos fuéramos a dar cuenta, Violent Shiver arranca con un riff Chuck-Berry-esco que desemboca, para profunda confusión del oyente, en un pantano de lodo seco y fluidos adolescentes. Una cochinada feromónica de ejemplo enciclopédico (por si algún dia incluyen una entrada para eso en los diccionarios). La segunda, Always Waiting, lo mismo; despega blusera, sonámbula como esos discos de blues de los 1920 y los 1930 que tanto escucha (Blind Willie Johnson (su favorito), los putísimos Sonny Terry con Brownie McGhee, Tampa Red) para acabar en el enésimo episodio de guarrería frenética.

Slow Coming, como su nombre deja entrever, es un respiro para los nervios y un despertar de las conciencias (Aunque los ordenadores acaparan mi tiempo/ Aunque hay satélites flotando en el espacio/ Aunque mi teléfono predice el tiempo/ Todavía no podemos ayudarte), y Wicked Waters es el himno del adolescente esnob, lo que me hubiera gustado que me cantaran el día que me hice adulta (si es que ese día pasó ya). Ambas se unen en un conmovedor mini-film dirigido por James Lees y dedicado a todos aquellos que se desesperan ante lo lento del avance humano cuando se trata de lo verdaderamente esencial:


Have You Seen My Son? es punk garajero con título más propio del repertorio de Blind Lemon Jefferson, un intento de empatía... ¿fallido? pero enternecedor hacia su pobre madre beata. Y hay un aura de pesimismo derrotado en las letras de Booker que se contradice con la rabia física estimulada por su guitarreo y su garganta agrietada de fumar desde el día que nació, como dice en Spoon Out My Eyeballs. Otra vez al acecho la sombra de la gran lucha americana por la consecución de una madurez vital personalizada, esa misma que Hunter S. Thompson fotografiaba con palabras en forma de abismo entre permanecer quieto e ir hacia adelante. Hasta aquí todo relativamente común dentro de los estándares del blues/rock/punk/soul/noise/sangre sucia, si no fuera por un tercer choque frontal con el carácter y apariencia cándidas del músico, actitud bastante menos extendida en el género. Ni en millón de años volverán a confluir tan dulce, sonriente y tímida fachada al hablar con la mala baba que le entra subido sobre un escenario, sin contar la picaresca inesperada y constante que transluce en sus entrevistas.

La fragilidad autobiográfica de cada tema llama especialmente la atención en ratos como I Thought I Heard You Screaming, tema inspirado en una chica con serios problemas de adicción a la que frecuentaba durante las más bajas horas de su lozana existencia, plagada de blancazos en la memoria y miedos a un posible gen esquizofrénico que corre por la familia y que, Ben sospechaba, podría estar alimentando con su maltrecho modus vivendi. Happy Homes es americana al estilo afro, fabricada por un negro que, incomprensiblemente para alguien tan blanco como yo, aparenta identificarse más con lo anodino de la claridad que no es que con la jugosa oscuridad que sí. Y para cerrar, By The Evening, casi como decía Leroy Carr, lo más cerca que se puede estar éste año de Spik James, Son House o Blind Boy Fuller.

Benjamin Booker, al final del día, resulta que no es indie rock, pero tampoco está tan arraigado ni procede del futuro. Ni punk, ni folk, ni boogie, a la mierda Eric Clapton y sus lameculos fascistas de los sonidos, el purismo se ahoga en 2015. ¿Por qué sentirse culpable por querer un poco más de todo, un poco más de lo que dé la gana? A partir de ahora, amaremos cualquier cosa mientras tenga rabia, derrame sangre y, sobretodo, sea real, por muy difícil que parezca. Palabra de atea de todos los géneros.

Fotografía original de Charlotte Robin. Via Wordfrom
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